XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Sustitución
Gabriel Orduña, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)

Nos ha caído una clase aburrida, de sustitución, porque nuestro profesor de Matemáticas está enfermo. Masco el chicle intentando que el sustituto no me vea. Está duro, pues llevo con él desde el último recreo, pero no encuentro otra cosa con la que distraer mi atención. El profesor no sabe por qué tema íbamos y nos ha pedido que estudiemos. Miro el reloj: los minutos no pasan. Hago una pompa, otra vez con cuidado de que no me sorprenda. Reviso por enésima vez mi boletín de notas.

—¡Usted!... —me llama la atención—. ¿Qué está masticando?

Me levanto a tirar el chicle, y por qué no, de camino le hago muecas a un amigo para que se ría. Al sustituto no le ha hecho tanta gracia; me ordena que copie un texto, pero no por mucho tiempo. Nada consigue distraer mi atención, sigo sin tener un flujo de ideas para comenzar a escribir. Vuelvo a distraerme. Esta vez observo con cara de asco la tabla de valencias. Hago que busco algo en mi mochila. El profesor, ensimismado en su tarea de pasear por los pasillos entre las mesas del aula, se ha convertido en un elemento gris.

Los de atrás cuchichean. Estornudo. Vuelvo a mi tarea de distracción y pienso qué podría hacer. Puedo ponerme a leer..., pero no tengo la cabeza para leer. Sigo sin ideas, el tiempo pasa despacio, me meto en la boca otro chicle, miro al techo, a las paredes, cuchicheo con mi compañero de pupitre, pienso en la película del sábado pasado, me rio por dentro, enumero palabras que empiezan por “a”: árbol, avión, amapola…

El profesor chista a uno de delante. Vuelvo a hacer una pompa. Se llena de aire y provoca un ruido al explotar, que llama la atención del sustituto. Nuevo castigo, nueva copia. Le pido disculpas, nunca más lo volveré a hacer.
El sustituto hace un gesto negativo con la cabeza a los de atrás. Comento con el de al lado y vuelven a pillarme. Menuda clase llevo…

Esto de no tener ideas buenas es sencillamente insoportable. Miro las cajoneras. Tiro el bolígrafo al suelo, lo recojo. Nada da resultado: sigo aburrido.

Algo capta mi atención: es una canica azul que se le ha caído del bolsillo del pantalón a uno de mis amigos. Empieza a saltar por el suelo. El sustituto busca un culpable y lo encuentra y le mira. Es una mirada que lo dice todo. Se sienta en la mesa, los de adelante se pelean, el profesor vuelve a chistar.

Mi compañero de pupitre me pide este texto para leerlo. Le digo que se espere.

Suena el anhelado timbre. Esto ha terminado, ¡por fin!

 
 
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