XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Detrás de la cámara
Isabel Ros, 16 años
Colegio Senara (Madrid)

Sus manos giraban ágilmente los objetivos mientras movía el cuerpo con gracia en diferentes posturas. Con la voz ordenaba vivamente a la joven modelo lo que debía hacer a continuación. Llevaba años al frente de aquel cometido: era todo un arte, y él lo dominaba.

El trabajo con la chica que tenía enfrente le estaba costando más que con las anteriores. Era la número trescientos de aquel día. Comenzaba a sentirse cansado. Aun así, cuando la vio entrar no pudo evitar fijarse en ella: no tenía nada de especial, así que pudo deberse a su voz suave o a su andar despreocupado, o tal vez al sonrojo que la había invadido al situarse ante los focos, un arrebol que no la había abandonado.

La chica número trescientos se estaba esmerando más que en las anteriores. Y no era fácil, nada fácil, pues él buscaba el ángulo perfecto, la sombra perfecta, la postura perfecta. No sabía cuánto tiempo llevaba con aquella modelo, pero le daba igual. Mientras se movía a su alrededor pensó que era una de las pocas muchachas que le habían supuesto un reto a lo largo de su deslumbrante carrera: después de casi cuarenta años en el sector, solo recordaba a dos modelos más que le hubieran exigido tanto trabajo, aunque al final, en ninguna de las dos ocasiones había quedado satisfecho con su obra, por muchos halagos que recibiera y mucha fama que le proporcionaran aquellos reportajes.

Volvió a la realidad para mirarla: diecisiete años como mucho, del sur de Europa, ojos grandes y expresivos, labios sonrientes. Metro setenta de alto y unos sesenta kilos -algo impensable en aquel negocio donde todas pasaban el metro ochenta y ninguna superaba los cincuenta kilogramos. Morena de pelo y oscura de piel, manos delicadas y dedos finos: debió de estudiar en el conservatorio, pensó, pues eran manos de pianista. Nariz recta y clavículas definidas. Se le notaba la huella de los tirantes del biquini por la acción del sol del verano. Fue entonces cuando se decidió:

-Siéntate en el suelo, cruza las piernas como si fueras una india y mírame sonriendo.

Ella se quedó desconcertada, pero no tardó en romper la postura en la que llevaba anclada más de quince minutos para obedecerle.

Se colocó tras la cámara, en ángulo abstracto frente a ella, con los ojos cerrados para no ver el resultado directamente. Cuando los abrió detrás del aparato, se sonrió: allí estaba, la podía ver, sentada traviesa en el suelo, en una playa infinita de Cádiz, hacía ya casi cincuenta veranos. Ella le inspiró toda su vida; ella fue la culpable de su entrega a la fotografía. La instantánea que realizó aquella lejana tarde estival junto al océano imprimió a su existencia el sello natural de una mujer que le dejo demasiado pronto, en el inicio de la que prometía ser la mejor aventura de su vida. Aquella joven modelo se lo acababa de confirmar: ella nunca se había ido, siempre había estado a su lado. Musitó su nombre a la vez que disparaba el flash:

-Mariola...

 
 
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