XII Edición  |  Curso 2015-2016
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El reloj
Kai Sanmartín, 15 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

Se despertó de su ensimismamiento: otra vez rodeado de personas insufribles. «La estupidez del ánimo humano», pensó. Le daba la impresión de que no hacían más que abrir la boca para llenarla de aire.

Tic, tac…

El reloj marcaba el tiempo que tardaría en perder la paciencia.

Tic, tac…

Murmullos de fondo: la conferencia ha terminado. Recoge sus cosas, quiere irse de allí lo antes posible, pero no puede perder la compostura.

—Abelardo, disculpa, ¿tienes un momento?

Suspira. Controla su irritabilidad, sonríe y se da la vuelta.

—Claro, dime.

—Necesitamos que nos ayudes en un proyecto con el que queremos inculcar el amor por la cultura entre los adolescentes.

Ya estamos otra vez. ¿Cuándo entenderán que con esta crisis de valores los jóvenes han perdido ese amor? Aparte, ¿por qué él?

—Lo veo un poco complicado —compone una nueva sonrisa forzada—. Además, ¿qué podría aportarles?

—Sabemos que eres un hombre culto, gran lector. Eres un ejemplo para esos muchachos.

—Bueno... ¿Por qué no? Allí estaré.

Estaba obligado a adaptarse a las convenciones sociales si quería triunfar.

***

Llegó el día.

Abelardo detestaba a los niños y su ruido ensordecedor.

Un muchacho en concreto le estaba provocando desde el inicio de su plática: masticaba chicle y enviaba mensajes desde su móvil.

—Tú —dijo Abelardo—, ¿por qué estás aquí si todo esto no te interesa?

—¿Eh?... ¿Me dice a mí?... Bueno, es que quiero subir mi nota de Lengua —alzó las cejas—. Pero le reconozco que todos estos rollos culturales no me interesan; no sirven para nada.

Tic, tac…

Llegó el momento.

Había soportado más de lo que era capaz. La mentalidad de las nuevas generaciones giraba sobre un eje podrido; tenía que hacer algo. Así que cogió un libro y se lo lanzó a la cabeza, con la rabia cegadora de quien se ha reprimido durante demasiado tiempo. El joven perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza contra el suelo. Inerme. Frío.

***

El juez dictaminó que fue un caso de autodefensa intelectual.

Tic, tac…

La cuenta vuelve a empezar.

 
 
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