XII Edición  |  Curso 2015-2016
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La primera guitarra
María Artacho, 15 años
Colegio La Vall (Barcelona)

Un desconocido entró en la tienda un día de invierno de 1953. Vi cómo se dirigía al dependiente y le preguntaba por una guitarra flamenca para su hijo, que acababa de cumplir seis años. A juzgar por cómo le miró mi dueño, supongo que aquel hombre era alguien importante.

—Le aseguro que esta dos no le defraudarán –le explicó con un tono orgulloso mientras señalaba a las últimas que habíamos salido de sus manos de lutier.

El extraño nos fue probando con un par de acordes. Luego nos seleccionaba dependiendo de si le gustaba o no nuestro sonido. Llegó mi turno. En cuanto sus dedos acariciaron mi mástil, supe que se trataba de un guitarrista profesional, y cuando rasgó mis cuerdas… Si tuviera boca y pudiera sonreír, sin duda lo habría hecho. ¡Qué arte!

Pareció satisfecho.

—Decidido, me llevo esta —concluyó mientras me ponía con cuidado sobre el mostrador.

-Muy buena elección, señor Sánchez —le felicitó el dependiente mientras me guardaba en una funda.

El viaje se me hizo corto. Noté cómo me sacaba del coche y me metía dentro de una estancia, aunque me asustó oír de repente el grito de un niño pequeño. El señor Sánchez me dejó apoyada, dentro de la funda, sobre lo que creo que era una butaca. El crío seguía gritando.

—Muchas felicidades, Paquito…—exclamó el hombre.

El niño me sacó de la funda con cuidado. Cogió el mástil, me puso encima de su pierna y levantó la otra mano sobre mis cuerdas. Esperé con ansia recibir un cosquilleo por un sonido mágico que pareciera salir del mismísimo cielo. Sin embargo, aquel tal Paquito no sabía tocar.

—No te preocupes, hijo, ya aprenderás —le consoló su padre. Pero nadie me consoló a mí, que era la primera perjudicada. Menudos años se me venían encima…

***

Muchos años después, me encontraba en un camión, junto con otros instrumentos. Nos llevaban a un museo, en Algeciras. Estoy bastante gastada: se me ha roto el mástil en dos ocasiones y mi caja se encuentra cubierta de arañazos. Sin embargo, estoy satisfecha de los años vividos.

Me sacaron del vehículo y me metieron en un edificio. Después me desembalaron y me colocaron en una vitrina. He visto pasar a mucha gente muy distinta delante de mí. Muchos de ellos comparten el amor a la música de mi queridísimo dueño, aquel niño, responsable de que cada día me llene de orgullo por la etiqueta que tengo junto a la vitrina:

“Esta fue la primera guitarra de Paco de Lucía”.

 
 
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