XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Guzmán el Bueno
Marina Milán, 16 años
Colegio Orvalle (Madrid)

Los gritos atemorizados de los niños se oían desde la distancia. Las mujeres intentaban consolarles mientras los hombres se afanaban en apagar un incendio en la muralla norte, provocado por las saetas encendidas de los arqueros enemigos. Hacía tres días que habían partido los mensajeros para pedir refuerzos a los caballeros del rey Sancho IV. Mientras tanto, tenían que resistir el asedio.

El infante Don Juan había traicionado a su hermano y se había aliado con los meriníes y los nazaritas para conquistar la plaza de Tarifa. Con el acceso al trono de Sancho IV, muchos habían aprovechado para marcharse al sultanato meriní de Fez con la intención de hacer fortuna.

Uno de ellos era Alfonso de Guzmán, un militar disciplinado y de fina estrategia, considerado hombre de confianza del rey. Haber actuado como mediador entre uno de los sultanes y Alfonso X le había otorgado tal prestigio.

Desde niño había querido ser militar, un hombre de honor. De hecho, el rey Alfonso le había premiado con una villa en Cádiz y le había entregado como esposa a María Alfonso Coronel, que aportó una generosa dote a su matrimonio.

Su vida cambió cuando se dirigió con sus hombres hacia Tarifa, pues el rey Sancho IV le había encomendado la misión de protegerla. Era decisivo que lograra la victoria en aquella peligrosa entrada a Hispania para los enemigos africanos.

El infante Don Juan y el ejército moro habían asediado la plaza, pero Guzmán no se daba por vencido. El incendio fue por fin sofocado. De pronto, le llamó un soldado de la guardia. Al otro lado de las murallas dos jinetes izaban una bandera blanca. Se trataba del infante Don Juan. Guzmán, ingenuo, creyó que se acercaba con la intención de rendirse, así que adoptó una actitud regia cargada de superioridad. Pero cuando se fijó en el otro jinete, se le cortó la respiración, pues cargaba en su caballo con un niño. Era su hijo. Una sonrisa asomó en el semblante del traidor, que a viva voz exclamó:

—O te rindes y me entregas la plaza de Tarifa, o tu hijo morirá.

¿Qué clase de monstruo era aquel, que le daba a elegir entre su hijo o la lealtad al rey? ¿Qué clase de hombre era aquel, que enfrentaba el amor al honor y el deber? Sintió que su corazón se dividía en dos y el temor invadió su alma.

Miró a su alrededor. Allí estaban los hombres que tan fielmente habían luchado y obedecido sus órdenes. Muchos habían dado su vida por defender aquella plaza. Si capitulaba, su hijo se salvaría, pero habría fracasado en su misión. Las familias de sus soldados no tenían por qué sufrir lo que él sufriría si le dieran muerte al pequeño.

Guzmán miró a los ojos de su hijo y percibió el miedo en su mirada, pero el chaval asintió con la cabeza y le sonrió.

Entendió entonces que su hijo estaba de acuerdo con él. No entregaría la plaza, no dejaría que aquellos soldados hubiesen muerto en vano. El rey le había encomendado una misión y tenía que cumplirla.

Sabiendo que le estaba sentenciando, sacó su puñal y se lo arrojó al infante:

—Matadle con mi daga. Prefiero honra sin hijo que hijo con mi honor manchado.

 
 
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