XII Edición  |  Curso 2015-2016
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La última noche del verano
Mateo Pérez Vercher, 16 años
Colegio Ángel de la Guarda (Alicante)

Eran los últimos días de verano y los tres hermanos rusos aún disfrutaban del calor del sol, los chapuzones y los paseos por la playa. Estar al aire libre era su actividad preferida, aunque lo que más les gustaba era verse libres de obligaciones y horarios. No es que los días fueran un caos y cada uno hiciera lo que le diera la gana, sin control, pero las normas eran más relajadas que durante el curso, en la escuela.

A veces decidían bajar temprano a la playa, cuando la arena estaba fría y no había sido pisada por nadie. Entonces comenzaban a dejar huellas, dibujando caminos y laberintos con los pies, que luego jugaban a recorrer una y otra vez. En otras ocasiones preferían ir algo más tarde, para unirse a los amigos que habían hecho en la urbanización, con los que echaban partidos de palas, voleibol y fútbol.

A Gleb le encantaba hacer acrobacias. Como acampaban lejos del mar, donde la arena es muy blanda y hay poca gente, allí realizaba todo tipo de volantines: el pino, un mortal hacia delante, un mortal hacia atrás, la doble voltereta... Aunque practicaban sin parar, a los demás no les salían demasiado bien. Por eso Gleb se había convertido en una sensación, incluso para las personas que caminaban por el paseo, que se detenían a disfrutar con sus piruetas.

Una mañana alquilaron un patín, esas barcazas de pedales con un tobogán. Se embarcaron los tres hermanos rusos y tres de sus amigos. Las chicas no pesaban mucho, pero los chicos, además de pesar ocupaban demasiado espacio, porque todos eran muy altos, salvo Marc. Jugaron a tirarse al agua por el tobogán, a hacer carreras a nado o a ver quién salpicaba más al zambullirse. Se reían a carcajadas por lo mucho que les costaba subir desde el mar por la escalerilla del patín. En una de esas competiciones por saltar más lejos, uno de ellos vio un banco de medusas de gran tamaño. Empezó a gritar para avisar al resto de la pandilla; unos y otros nadaron a marchas forzadas. En un santiamén estaban todos arriba, pedaleando para alejarse de aquel peligro.

También quedaban para ir a explorar las rocas. Llevaban gafas de bucear, tubos y aletas, así como camisetas para protegerse del sol. Por mucha crema que se pusieran, los rusos tenían la piel demasiado blanca y se hubieran abrasado. Se sentían como biólogos marinos observando la variedad de peces que habitaban entre las rocas. Los había de todos los colores y tamaños. Lo habitual era que formaran pequeños bancos, aunque de vez en cuando veían pasar alguno grande y solitario. Entre los salientes descubrieron más de un pulpo y estrellas de mar.

Las tardes de verano tampoco se quedaban cortas de diversión. Se equipaban bien, cogían sus bicicletas y pedaleaban durante largo tiempo. Fue en uno de esos paseos cuando la curiosidad de Anastasia les hizo cambiar el rumbo. Un camino arbolado había llamado su atención. Era como si nunca hubiera estado ahí, como si hubiera aparecido de la nada y les incitara a seguirlo.

Según avanzaban, la senda se fue estrechando, lo que les obligó a seguir a pie. Casi sin darse cuenta, cayeron dentro. No daban crédito a lo que veían. ¿Cómo habían llegado ante semejante belleza? Tenían que explorarla.

La luz de sus linternas se perdía entre los pasadizos. Ante sus ojos tenían un extenso entramado de grutas. Había formaciones rocosas que componían finos hilos de piedra que se enroscaban por todas partes. Las estalactitas desafiaban la gravedad. Las estalagmitas blancas, que se sucedían por doquier, les hacían temblar de miedo por su semejanza a los fantasmas.
De pronto Gleb reparó en que faltaba Anastasia. Angustiados, la buscaron por todos los rincones y gritaron su nombre, pero ella no contestó.

La búsqueda se les hizo interminable. Cada minuto que pasaba parecía una hora. Para más inri, Anastasia no se encontraba en la sala de las columnas. Tampoco estaba en las galerías altas. Se les ocurrió pensar que, quizás, una vez más, llevada por su curiosidad podía haber bajado a una cueva de un nivel inferior. Pero nada; allí tampoco había rastro de ella. Solo hallaron restos cerámicos y algunos fósiles de insectos atrapados en el ámbar.

Algo les llamó la atención: ¿qué eran aquellos destellos? Nerviosos se dirigieron hacia esos golpes de luz. Una suave corriente de aire húmedo flotaba en la cavidad, mientras un sinfín de colores bañaba la sala a causa de las sales disueltas en el agua de una laguna subterránea. Respiraron aliviados: la chica estaba allí, contemplando, con sus intensos ojos azules, el fascinante espectáculo.

Pero la tranquilidad duró poco. Localizar la salida no fue tarea fácil. Los diferentes niveles, la diversidad de galerías y los pasos estrechos les hicieron perderse una y otra vez. Para su asombro, al salir de un túnel comprobaron que no estaban solos: una masa de murciélagos les aguardaba en la sala contigua, aunque, por suerte, no tuvieron que adentrarse en ella, ya que unos tenues rayos de sol marcaban el recorrido de vuelta.

Remataron aquella tarde de espeleología con uno de los momentos más entrañables del verano, una cena de despedida con la familia que les había acogido. Con entusiasmo, pasión y alguna exageración, fueron contando su aventura. Bajo las estrellas y el fuerte olor a mar que les envolvía, saborearon la última noche del verano.

 
 
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