XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Despedida
Pablo Castilla, 18 años
Colegio Altocastillo (Jaén)

La cercanía del cadáver de su madre no le ayudaba a olvidarse de lo que había pasado, que ya no se podía cambiar. Ella había fallecido sin que Jorge estuviera presente, y no se lo podía perdonar. ¿Había valido la pena marcharse al extranjero en busca de una vida mejor? Ahora pensaba que no.

La gris atmósfera del funeral lo transportó al jardín de su casa, a los veranos de su infancia, cuando la única norma era disfrutar de la vida. Vio a la familia reunida para celebrar su quinto cumpleaños, todo un acontecimiento para Jorge, pues iba a empezar el colegio: ya era mayor. No obstante, a medida que fue creciendo, las responsabilidades se iban acercando mientras los suyos se alejaban.

«Ya tendré tiempo para vosotros», se decía. «Siempre vais a estar ahí».

Pero ahora se daba cuenta de que ese tiempo se le había ido. Un tiempo que no se puede comprar, que vuela tan rápido como un ave. Que siempre trae problemas…

El tiempo de su madre había acabado. En adelante, Jorge tendría que soportar el pensamiento de que sus esfuerzos no habían merecido la pena. Tenía dinero y posición social, pero se sentía vacío sin ella.

Cuando volvió a la realidad, la ceremonia había finalizado. Se encaminaron al camposanto. Allí Jorge decidió que tenía que hacer una última cosa. Pidió que abrieran el ataúd y cogió una flor de una de las coronas fúnebres, la más blanca de todas, porque el blanco era el color favorito de su madre. La colocó en su mano inerte, convencido de que era el gesto necesario para seguir unida a ella.

 
 
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