XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Pablo Garrido, 14 años
Colegio Mulhacén (Granada)

En lo más frondoso del bosque se esconden las ruinas de la cabaña de Tirso, el leñador trampero. Tras su fallecimiento quedó abandonada y expuesta a la furia de las estaciones, hasta que su tejado se derrumbó.

El padre de Tirso le enseñó a cazar. También le mostró las artes en el uso del hacha. Entre lazadas y golpes a la madera, Tirso pasó su infancia y juventud.

De cuando en cuando se presentaba en la ciudad con cargamentos de leña y pieles. Fue en la plaza porticada en donde, una vez, escuchó la conversación de un grupo de cazadores. Estaban alterados al hablar de un oso pardo que había bajado de las montañas, una fiera agresiva que no dudaba en atacar en cuanto se topaba con algún hombre.

—Ha matado a dos pastores —dijo uno de ellos—. Y a seis de sus perros.

—También ha hecho estragos en los rebaños —se quejó otro.

—Si ningún cazador abate a esa bestia —se lamentó un tercero— el pánico hará que nadie quiera cuidar de los ganados.
Tirso, empujado por un vano deseo de hacerse valorar, dejó caer un comentario que no pasó desapercibido:

—Yo lo mataré.
Aquellos paisanos, tras escucharle, comenzaron a mofarse de él.

—Dedícate a la leña, muchacho. Y si quieres cazar, conténtate con los conejos que caen en tus lazos.

—Si tu padre te oyera —se burló otro—, te partiría la cara de dos bofetadas.

Tirso, acogotado por aquel desdén, continuó sus quehaceres en el pueblo, rechazando aquellos sueños de salvador.

Durante aquel invierno el leñador trampero perdió a sus padres, que a causa de sendas infecciones pulmonares no pudieron superar las heladas. Tirso, empapado en lágrimas, atormentado por la idea de no volver a verlos, quiso espantar aquellos terribles pensamientos ensañándose con un robusto tronco. No quería que sus apellidos cayesen en el olvido. Se le presentó una idea: realizaría un acto heroico para que lo valorasen en las aldeas cercanas al bosque. Se le vino a la cabeza aquella conversación sobre el oso que merodeaba por las montañas.

Tomó el arco y llenó el carcaj. Utilizando las habilidades aprendidas de su padre, encontró un rastro fiable y encaminó sus pasos hacia la guarida del animal. Al cabo de unas horas le sorprendió la noche. Decidió acampar a la vera de un robledal.
A la mañana siguiente continuó su ascensión hacia los picos. A la hora del almuerzo prendió un fuego para guisar unos conejos. Relajado, se recostó sobre un tocón y se quedó adormilado. De pronto crujieron unas ramas y sintió una fuerte y ronca respiración. Era el oso, inmenso, que le miraba fijamente a los ojos.

Tirso se puso en pie, saltó por encima del tocón, cogió el arco, lo tensó y disparó. El plantígrado derribó la flecha de un zarpazo, se alzó sobre las patas traseras, lanzó un rugido y echó a correr hacia el joven leñador, que tuvo tiempo de disparar otra flecha, esta vez más certera. El oso perdió el equilibrio y cayó al suelo provocando un pequeño temblor sobre la tierra.

—¡Lo he conseguido! —exclamó con orgullo—. ¡He cazado al oso! —gritó al circo de montañas—. ¡Lo he cazado!... —chilló con más fuerza, para que el eco llevase su mensaje hasta el último rincón del valle.

Feliz, se disponía a despellejarlo cuando escuchó unas voces. Eran dos cazadores que también seguían las huellas de la fiera. Se encontraban alterados y cansados, pues sabían que estaban en el territorio del oso y les pesaba el cansancio. Tirso, afanado en hacerse con la piel sin desgarrarla, no se percató de su cercanía. Agachado junto a su presa, removió algunos matorrales en su intento por encontrar una piedra afilada que le ayudase a afilar la navaja. Los cazadores escucharon los ruidos y, alertados, se aproximaron sigilosamente hacia el sitio del que procedían. Desde un chaparro contemplaron la sombra de Tirso, que confundieron con el animal, y sin pensárselo dos veces dispararon sus venablos.

El joven recibió los flechazos en el pecho, que le atravesaron de parte a parte. Emitiendo un pequeño gemido, cayó al suelo con la cabeza del oso apretada entre sus manos.

Los cazadores, con la esperanza de haber derribado a la bestia que perseguían, rodearon el chaparro. Del otro lado les sorprendió encontrarse con un joven leñador tumbado en el suelo, apretando entre sus brazos la cabeza del oso, que a su vez tenía varias flechas clavadas en el cuerpo.

Sobresaltados, sin recoger siquiera sus arcos tendidos en la hierba, salieron corriendo sin rumbo ni guía.
A este funesto día le siguieron otros de grandes borrascas y tormentas que cubrieron los bosques de nieve virgen que escondió, para siempre, el cuerpo de aquel joven leñador.

 
 
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