XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Bienvenido
Pilar de Moya Andrés, 15 años
Colegio Orvalle (Madrid)

Ese día Elena se despertó bruscamente. Su hermana mayor la estaba sacudiendo, sin dejar de repetir su nombre: «Elena, Elena. Vamos, Elena...». Aunque el sueño le impedía pensar con claridad, la insistencia de su hermana María la despejó lo suficiente como para distinguir la inquietud y preocupación de su rostro: «Ya está». Dos palabras, que le sirvieron para entenderlo todo.

Se vistió apresuradamente. Ese día no había tiempo para pensar en ningún modelito. Al calzarse sus deportivas más cómodas, se dio cuenta de que se las estaba poniendo al revés, pero ese día tampoco le importaba. En pocos minutos dejaron la casa vacía y sin detenerse un instante, bajaron de dos en dos las escaleras hacia la calle. A Elena le costaba seguir el paso de su hermana, pero ese día no había cansancio que valiese.

Su coche viejo y deteriorado destacaba por la gran cantidad de rozaduras y marcas de choques que jalonaban sus costados como si de condecoraciones se tratase, y esto les ayudó a localizarlo fácilmente en la calle. Llegaron corriendo y tras varios intentos fallidos provocados por el nerviosismo, María logró introducir la llave en la vieja cerradura con manos temblorosas, y giró para abrir. Subieron, arrancaron, y casi sin darse cuenta ya estaban en la autopista. Elena nunca la había visto tan vacía. Miró el reloj y lo comprendió: eran las cinco de la mañana. Aunque solo llevaba dos meses con el carnet, María pisaba a fondo el acelerador y Elena se ponía cada vez más nerviosa. En una ocasión, el viejo coche se tambaleó un poco por la velocidad, pero María trató de respirar hondo y tranquilizarse. Todo iba a salir bien.

Aunque su casa estaba a diez minutos del hospital, el viaje parecía que durara una eternidad. Tras la peor maniobra para aparcar de la historia, Elena bajó de un salto del coche y se dirigió precipitadamente hacia la entrada principal. Ahora era su hermana la que iba detrás. Al subir las escaleras desfalleció un poco, presa del cansancio, pero María la alcanzó y le tomó de la mano.

Una vez dentro, una enfermera sonriente les indicó las escaleras hacia la segunda planta, pasillo 3, habitación 24. Después se cruzó con varias personas, y en un momento dado le dio la impresión de que alguien le llamaba la atención por ir tan rápido, pero ese día no podía detenerse. Con respiración agitada, María señaló la puerta que buscaban, y cruzando los dedos, la abrió.

La habitación 24 era mágica. En la habitación 24 el tiempo, perezoso, se detuvo. Elena descubrió una sala amplia y luminosa. La ventana, llena de dibujos pegados torpemente con cinta adhesiva, estaba abierta. Al lado había una silla, y su ocupante era su padre. Sus miradas se encontraron, y la de él le condujo hacia el verdadero propósito de la visita: en una cama llena de almohadones, Elena pudo distinguir un rostro conocido, de hecho, el primer rostro que conoció al nacer: el de su madre.

Al ver a sus dos hijas mayores, Marta esbozó una frágil sonrisa, y su pálido semblante pareció recuperar algo de color. Lágrimas de alegría empaparon sus ojos, y los de Elena, envidiosos, se emocionaron también. Pero no fue la vista lo que le hizo volver a la realidad, sino el oído: el tierno llanto de un bebé llenó de pronto la estancia, llegando a los corazones de todos los presentes. Sin pensarlo dos veces, Elena se acercó corriendo a la cama y observó, por primera vez, el rostro de su nuevo hermano.

Dicen que los bebés al nacer no son muy agraciados, pero a ella esa imagen le pareció lo más bello que había visto en toda su vida. No sabía si estaba demasiado emocionada, o si es que esa emoción se había mezclado con el cansancio, pero en ese momento no pudo contener una sonora carcajada de felicidad que logró silenciar por un instante el llanto del niño. Entre lágrimas, Elena lo cogió en brazos, y dejándose llevar por la emoción, lo llenó de ruidosos besos. Por último, le susurró algo al oído, porque sabía que, en el fondo, su nuevo hermano la entendía.

«Bienvenido».

 
 
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