XII Edición  |  Curso 2015-2016
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La equivocación
Pilar de Moya Andrés, 15 años
Colegio Orvalle (Madrid)

Necesitaba el trabajo, era mi única salida. Por aquel entonces ya era padre de una familia numerosa: Pedro, Julia y Tomás eran la mayor felicidad para nuestro joven matrimonio. Durante varios años nos fueron bien las cosas. Creíamos -inocentes e ilusos- que bastaba con preservar la unión y el buen ambiente que se respiraba en el hogar.

Pero cuando se cerró la fábrica en la que yo trabajaba, solo entonces, me di cuenta de que el afecto y la buena relación familiar no eran alimento para nadie más allá de mi esposa y mis hijos. Necesitaba el trabajo; era mi única salida.

Un tipo llamó a la puerta. Vestía unos vaqueros holgados y una sudadera roja de talla superior a la que le correspondía. Cuando le abrí, pareció sorprenderse, pero al bajar la vista se encontró con los sobres de las facturas sin pagar junto a mis pies, y supo que estaba en el lugar correcto.

-Tengo una oferta para usted.

Su voz raspada no me dio mucha confianza, pero hacía tiempo que había eliminado cualquier filtro en lo que a propuestas de trabajo se refiere.

-Le escucho.

Al principio sospeché que se trataba de una broma. El contrato que me tendió -aunque en realidad no tuve que firmar nada- estaba bien pagado, sobre todo para la sencillez de lo que se me exigía. Mentiría si dijera que no tuve un mal presentimiento, pero mis recelos desaparecieron al instante, en cuando medé la cifra que me ofrecía.

Recuerdo la primera dirección, el primer rostro delgado y ojeroso que me recibió, el primer paquetito azul que entregué y mi primer sueldo: 500 euros, más de lo que nunca me hubiera atrevido a pedir por algo tan simple. Y tras éste, decenas de pagos tan o más generosos, y decenas de paquetitos azules. Mi mujer -con su irreprochable intuición femenina- no estaba de acuerdo con mi dedicación, pero tampoco me supo dar otra alternativa y yo no quise ceder, pues los niños comenzaron a disfrutar de cierto bienestar.

Las discusiones con Marta fueron disminuyendo con el paso del tiempo y con el aumento de la paga que traía cada mes. Tuvimos otra hija, Ana, pues ya nos lo podíamos permitir, y por fin escolarizamos a los dos mayores. Estaban felices, aunque ellos no tenían pesadillas por las noches.

Luego todo se complicó.

Una noche sonó la puerta. No se trataba de ninguna oferta tentadora, sino de malas noticias. Era un hombre pálido, delgado, ojeroso, de esos que recibían ansiosos su paquetito azul cada mes. En ese momento no fui capaz de recordar su nombre ni su dirección. En el fondo, todos mis clientes eran iguales. Todos ellos me atormentaban cada noche en sueños con sus ojos saltones e irritados, su hilo de voz ronca y gastada, su juventud perdida.

-Necesito que me venda otro paquete, ahora. He traído dinero.

Aquella imagen me heló el alma. ¿Qué estaba haciendo con aquellos chicos? Estaba siendo cómplice de su destrucción. Pensé en mis hijos; me los imaginé en aquel estado y me entró miedo.

-Vuelve a tu casa, muchacho. Ahora no tengo nada para ti.

Otra voz contestó tras él. Ya no era aquel hilillo ronco, sino una voz profunda y mucho más madura.

-Pero, tal vez, sí tenga algo para mí, señor López. Haga el favor de acompañarme a comisaría; está detenido.

No merece la pena contar el resto de la historia. Hemos sido tantos que todo el mundo conoce el final. Llegué a pensar que la comisaría era un escenario, ya que en ella se recreaban todas mis pesadillas. Allí estaban todos: cada uno de aquellos odiosos e idénticos rostros. Y aquella sudadera roja. Y aquellos grilletes fríos. Allí estaban también los paquetitos azules, que pasaban silenciosamente pero sin piedad arrasando las vidas de los presentes. Allí estaban todos, menos mis hijos y mi mujer, menos mi familia. Les había reemplazado por un dinero fácil.

Llevo doce años aquí. Parece mucho tiempo, pero todavía me queda la mitad. De todas formas, lo soporto. Pedro se gradúa el año que viene. Es el mejor de su promoción y va a estudiar Medicina. Ha conseguido una beca para una universidad privada, y estoy seguro de que será un estupendo cirujano. El otro día vino y me chivó que Julia tiene novio. No me hace ninguna gracia. Debe ser un buen muchacho, pero aún no lo conozco y tampoco creo que Julia lo vaya a traer aquí. En fin, ya le preguntaré a Marta. Tomás es un gran deportista. Su especialidad: el atletismo. En el recreo les dice a sus amigos que su padre está de gira porque es boxeador profesional. No me importa, aquí hay algún ex-boxeador y cuando les conoces no dan tanto miedo. Y luego está la pequeña Ana, la niña de mis ojos. Va a hacer la primera comunión este año y le espera una próspera carrera de princesa por delante... De mi mujer no puedo decir nada, porque cada piropo se queda corto. Me levanto todas las mañanas pensando que falta menos para que llegue el domingo, que es cuando viene a verme. Sigo queriéndola como el primer día. No sé quién dijo que las distancias matan las relaciones; con nosotros no funciona. Marta es la razón por la que sigo sintiéndome un orgulloso padre de familia, a pesar de mis errores.

 
 
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