XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Sin salida
Pilar Garrido, 16 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santa María)

Silvia contemplaba las delicadas gotas de lluvia mientras se deslizaban suavemente por los cristales del gran salón. Suspiró con cansancio y echó un vistazo a su café, que se lo había preparado hacía dos horas. Sin embargo, no se sentía con fuerzas para alzar la taza ya fría; no tenía sed. Examinó el espejo sobre el mostrador con detenimiento, y advirtió que una joven exhausta y pálida la miraba de vuelta. A su lado distinguió a un hombre alto y amenazador, que la observaba con una sonrisa burlona. Súbitamente se percató de que la chica del espejo era ella. Apartó la mirada del cristal y la dirigió hacia su lado. Allí no había nadie. Cerró los ojos y suspiró aliviada. Con un gran esfuerzo se levantó de la silla y se dirigió hacia la cocina. Últimamente lo único sustancial que comía eran pastillas. Centenares de pastillas. Sin embargo, nunca sentía hambre, lo cual era bueno, ya que tan solo dos veces a la semana aparecía algo de comida en el alféizar de la ventana. Jamás consiguió averiguar cómo.

Al encontrarse por primera vez en aquel infierno, hacía más de medio año, se sintió confusa y asustada, pero al cabo de un tiempo comenzó a asimilar lo que le estaba ocurriendo. Entonces se asustó aún más. No obstante, permanecía en su corazón un rayo de esperanza que poco a poco se fue desvaneciendo, y tras siete meses en aquel lugar solo le quedaba aceptar aquella horrorosa realidad: iba a pasar el resto de su vida apresada en un apartamento solitario, sin otra salida que una ventana aislada a más de treinta metros del suelo, abierta a un parque deshabitado. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que vio un rostro humano, y estaba comenzando a sufrir alucinaciones.

No recordaba cómo había llegado hasta allí, cómo la habían secuestrado, ni cuándo. Despertó una noche de un sueño profundo y se encontró a sí misma tendida, con varios arañazos y hematomas, en un colchón. El piso donde estaba prisionera contaba con lo necesario y no solía faltarle nada. Sin embargo, sentía como si cada día que pasaba se muriera una parte de su ser, lo que la empujaba a una depresión cada vez más profunda. ¿Cuántas veces había intentado hallar una salida a aquel laberinto? Había sido en vano. De vez en cuando, debido a su terrible desesperación, brotaban de su interior agudos ataques de pánico y claustrofobia, que la transformaban en un ser violento a causa de la frustración. Esta agresividad la descargaba sobre sí misma; despertaba a menudo con golpes y hematomas.

La desesperación la estaba volviendo loca.

Tras tomar su dosis diaria de pastillas, vagabundeó por los pasillos como llevaba haciendo desde hacía meses. En aquel lugar no había forma alguna de entretenimiento. Su cerebro comenzó inconscientemente a intentar buscar salidas en el terrible laberinto. Un nudo de ansiedad en el estómago empezaba a manifestarse de nuevo. Mientras su respiración se aceleraba, tanteaba las paredes con las manos, con la esperanza de hallar algún hueco oculto. Pero las paredes grises se encontraban planas y duras. Su frustración fue creciendo, hasta que las lágrimas asomaron sus ojos. Estaba a punto de empezar a gritar cuando, de pronto, sus dedos se toparon con algo. Silvia levantó la vista, ansiosa. Era la ventana, la única ventana en toda la casa. Observó el paisaje desierto con detenimiento. Y, de repente, la respuesta al largo enigma que durante tanto tiempo la había desesperado emergió ante ella. Acababa de descubrir la única salida a aquel ciclo fútil.

Silvia sonrió. Abrió la ventana, y gritó. Pero esta vez, un rostro minúsculo la miró de vuelta.

 
 
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