XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Visillo de gloria
Reyes Cabrera, 17 años
Colegio Zalima (Córdoba)

Roberto se pasaba los días observando la gente pasar, sentado en el poyete de la ventana y protegido con el visillo. De este modo también pretendía hacerse invisible a las personas que entraban en su habitación. Era como un juego: Roberto casi nunca quería hablar y procuraba pasar desapercibido detrás de aquella sutil cortinilla.

Me cosquilleaba la sospecha de que el visillo era para él mucho más que un parapeto. Por eso un día decidí irrumpir en su habitación.

—¿Puedo? –le pregunté sin darle opción, pues de la misma cerré la puerta.

Roberto me miró con desgana, como enfurruñado.

Me hice la desentendida; tomé un taburete y me senté junto a él.

Se nos pasó la tarde entera hablando. Parece mentira que una persona aparentemente reacia y distante, sea capaz de abrirse hasta tal punto, ya que el tiempo transcurrió sin que nos diésemos cuenta. Logré averiguar el significado real del visillo y también el de su actitud.

Roberto tuvo una infancia feliz, pero a los trece años, tras la muerte de sus padres en un accidente de tráfico, su vida cambió de forma drástica. Las personas de los servicios sociales —«los detestables», como él los llamaba—, le trasladaron a mi residencia. Y desde entonces, nadie excepto yo, ha logrado que Roberto articule palabra.

Me llenó tanto su historia que le supliqué que nos reuniésemos otros días para que me lo contase todo. Necesitaba escribirla. Desde entonces nuestra amistad ha ido creciendo. Por si fuera poco, el libro que escribimos en duras horas de trabajo y de consultas con escritores, nos llevó al éxito. Y aprendí que interesarse por los demás siempre da buenos resultados.

 
 
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