XII Edición  |  Curso 2015-2016
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La recompensa
Santiago Gutiérrez Espinosa, 15 años
Colegio El Prado (Madrid)

A las afueras de Amsterdam vivía una familia de agricultores judíos, en una casa rodeada de prados verdes. Como la madre estaba enferma, su marido y sus dos hijos trabajaban sin descanso, entre otras cosas para pagar las medicinas que necesitaba y las visitas del médico, pero aquellos esfuerzos fueron en vano: falleció al poco tiempo.

Meses después estalló la guerra. Los alemanes conquistaron el país y, un día, aporrearon la puerta de la granja. Sin mediar palabra, obligaron al padre, a la hija de quince años y al muchacho de ocho a subir a la parte trasera de un camión, en donde había otras familias asustadas que desconocían el motivo de las detenciones y su destino.

Llevaban un rato viajando cuando, de pronto, hicieron una parada. Un soldado armado se asomó al volquete y gritó:

—¡Que bajen todos los hombres!

Al principio no se movió nadie, pero tras otro grito los varones comenzaron a descender entre los llantos de sus mujeres e hijos. El padre se despidió de sus hijos, intentando contener las lágrimas ante la idea de que probablemente no los volvería a ver.

Los hombres fueron conducidos a un campo de concentración, diferente al de mujeres y niños.

El viaje continuó y, pasadas tres o cuatro horas, el camión llegó a su destino. Todos los detenidos bajaron y formaron dos hileras, una para las mujeres, otra de niños y niñas. Cada grupo partió a edificios diferentes de otro campo, escoltados por nuevos guardias.

Heline y Hubert tan solo se veían durante las horas de trabajo. Aquel encuentro era el motivo de su única esperanza, así como el deseo de volver a encontrarse con su padre. Pero con el paso de los meses esas esperanzas se fueron disolviendo, hasta que desaparecieron.

Mientras tanto, el padre, lejos de allí, pasaba las jornadas transportando carretillas cargadas de piedras desde una cantera. Un día, cuando apenas faltaba media hora para regresar al campo, se produjo un derrumbamiento que sepultó a uno de los guardias que vigilaba a los presos. Todos los allí presentes echaron a correr para ponerse a salvo, excepto el padre de Heline y Hubert, que decidió socorrer al herido.

Aquel gesto le fue premiado con la libertad. La suya y la de sus hijos.

 
 
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