XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Nubes de algodón
Silvia Marcé, 15 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

Las alas le pesaban a causa del esfuerzo del ascenso y cada vez que respiraba le escocían los pulmones. Las plumas rojizas de su pecho se movían al ritmo de su acelerada respiración. Agotado, el petirrojo se tomó un descanso y miró un segundo hacia abajo. Las casas de los humanos apenas eran puntitos rojos y marrones, amontonados entre sí, y los propios humanos eran tan pequeños como las hormigas. Ningún pájaro de su especie había llegado jamás hasta esa altura.

—Para qué —le habían dicho—, si todo lo que necesitamos está aquí abajo.

Pero este petirrojo tenía un sueño, a pesar del desdén de los suyos.

Soñaba tocar las nubes. Desde siempre había deseado posarse en una de ellas y observar la tierra desde tan lejos. Además, estaba convencido de que la textura de las nubes era suave y blanda como el algodón.

Sus hermanos aseguraban que nunca lo lograría, palabras que le motivaron a partir cuando antes. De camino se cruzó con atareados gorriones, que le dedicaron miradas de admiración; con elegantes garzas, cuya indiferencia fue notable, y ya en las alturas, con una bandada de gansos que emigraba y que lo miraron con desprecio.

Subió y subió, hasta que se encontró con las nubes. Lleno de alegría, se lanzó hacia la más cercana sacando fuerzas de flaqueza, pero cuál no sería su sorpresa al ver que la atravesaba y salía por el otro lado con pequeñas gotas de agua fría cubriéndole las plumas. Desconcertado, lo intentó de nuevo, pero el resultado fue el mismo. Y tras examinar la nube con mucho detalle, descubrió que estaba hecha de algo parecido al humo, solo que más puro, y que no tenía consistencia.

Desanimado, plegó las alas y bajó hacia el suelo. Cuando al fin se posó en una rama, un grupo de pájaros se congregó a su alrededor, deseando escuchar con todo detalle su hazaña. El petirrojo se olvidó por un instante del hambre, de la sed, del cansancio y de la decepción de haber descubierto la imposibilidad de cumplir su sueño. Exultante, comenzó su narración.

Esa noche, las aves durmieron con el pensamiento en el cielo, con nubes suaves y blandas como el algodón.

 
 
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