XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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El hábito nazareno
Marta Gabriela Tudela, 18 años
Colegio Sierra Blanca (Málaga)

Hemos esperado ansiosos esta jornada. Los trescientos sesenta y cinco días que la preceden se hacen a veces interminables.

Me levanto temprano para llegar puntual. Mi madre me recuerda que planche la túnica, arrugada por el año en desuso, y anima a mis hermanos a que se vayan vistiendo. Se trata de una mañana ajetreada, con prisas, pero la tarde no se hace esperar y al fin llegamos al lugar donde empieza nuestro camino. Repican campanas, tambores, trompetas… La melodía nos saluda sonriente, indicando la salida de la procesión.

Pasan apenas unas horas y el calor comieza a hacer mella en los penitentes. Mis pies, antes descansados, ya no desprenden la energía del principio. Huellas de polvo y dolor van adoquinando el pavimento por el que la cofradía avanza, dejando una estela de gotas de cera tras de sí.

Llegamos al ecuador del recorrido. «No ha sido para tanto», sentencian algunos, «Tengo peor recuerdo de otras veces». Estos comentarios, aunque alentadores, casi nunca los comparto. El trayecto es sinónimo de sacrificio y mi cuerpo parece no olvidarlo. El capirote comienza a pesarme, al igual que la vela e incluso la cestita, antes insignificante, que sostengo en uno de mis brazos.

En uno de los innumerables parones que caracterizan la procesión, noto unos golpecitos en el bolsillo. Me inclino para conocer al autor de los mismos y, sorprendida, compruebo que se trataba de un chico con síndrome de Down. Tras él, otros muchos niños y adultos tratan de llamar mi atención para aumentar su colección de estampitas religiosas o el tamaño de sus bolas de cera. Se trata de peticiones a las que atiendo sin pronunciar palabra, en correspondencia con las normas de la hermandad.

Después de medio día de itinerario, la procesión va llegando a su fin. Primero entran al templo algunos cofrades y la cruz de guía, seguidos del paso de Cristo y la Virgen. Los hermanos más jóvenes, entre los que me encuentro, no pisamos la iglesia hasta pasados unos minutos desde la llegada del primero. Pero nuestro regreso nos sabe igual.

Demasiada espera para tantas horas de caminata, se podría pensar. Aunque el razonamiento acertado es tanta espera para unos instantes de gloria. Pues procesionar no es solo una penitencia sino, más bien, una bendición. Así te sientes bajo el hábito nazareno, impaciente por completar una nueva estación.

 
 
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