XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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Las Fallas con los cinco sentidos
Paco Moreno, 16 años
Colegio Iale (Valencia)

Mientras estrenamos la primavera, que llega con algo de frío y con el cambio horario que nos quita una hora de sueño, en Valencia aún tratamos de acostumbrarnos a la normalidad después de nuestra semana de Fallas.

Mucha gente habla de lo maravilloso que es este arte efímero. Por eso, miles de personas vienen a contemplarlo cada año: gente de toda España, de otros países europeos, de China, de Japón, de los Estados Unidos de Norteamérica…

El humo de las mascletàs, el color de los monumentos, los fuegos artificiales, las llamas de la Cremà, la riqueza de nuestros trajes regionales y las flores son un regalo para la vista de todos. Sin embargo, cuando llevas viviendo las Fallas tanto tiempo como yo, aprendes a disfrutarlas no solo con la vista, sino con todos los sentidos.

El oído también es importante en esta fiesta. Petardos, tracas y mascletàs son los sonidos en los que cualquiera piensa en un primer momento, pero también hay música, risas, charlas, gritos de alegría y llantos porque se quema una falla o porque se reza ante los ojos de nuestra Cheperudeta —la Virgen de los Desamparados— el día de la ofrenda floral. Y también, por supuesto, en ese mismo lugar, hay silencios que dicen más que un millón de palabras.

El sentido del tacto se palpa en las manos de los niños, sucias de la pólvora de los petardos, que durante estos días son su mayor premio; en los falleros que retocan sus monumentos la noche de la Plantá, con un pincel, con algo de cola, ayudando al artista fallero, a quien siempre le falta tiempo para rematar su obra.

Las Fallas aglutinan un sinfín de olores: huele a leña y fritanga, porque en todas las calles hay algo que se cocina a fuego lento —o a toda prisa—; huele a flores y alcanfor el día de la ofrenda, cuando incontables ramos se pasean por Valencia hasta llegar a la sede de su patrona. Se las llevan sus fieles luciendo el traje regional que el resto del año duerme en el armario, protegido y mimado; pero, sobre todo, huele a pólvora, ese olor que los valencianos amamos porque está ligado a nuestra tierra, a nuestra fiesta y a nuestra vida.

En este disfrute de los sentidos que son las Fallas, el gusto ocupa un lugar especialísimo. Hay sabores que no pueden pasar desapercibidos: el de la paella a cualquier hora, el de la fideuá si está cerca la Semana Santa, el de los buñuelos y el chocolate, el de los bocadillos rellenos con cualquier delicia.

Podría seguir escribiendo durante horas de las infinitas sensaciones que las Fallas nos producen, pero es mejor venir a conocerlas y disfrutarlas, para dejar que esta fiesta —que ahora es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad— nos inunde los cinco sentidos.

 
 
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