XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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El secreto
Alfredo Camarena, 17 años
Colegio IALE (Valencia)

La vida había sido fácil para él: sus padres habían creado un microclima donde Juan creció feliz junto a sus hermanos. No tenían conciencia de la caducidad de las cosas. Nada ni nadie les hizo pensar que aquella idílica situación pudiera acabar.

Eran la típica familia de clase alta: padres con profesiones liberales, abuelos con empresas, casas grandes y con servicio, colegios bilingües… Por si fuera poco, uno de sus abuelos tenía origen aristocrático, pero era el único que, de vez en cuando, les sacaba de aquella burbuja impoluta y les llevaba a pasear por barrios de la ciudad en los que la gente husmeaba y rebuscaba en contenedores de basura.

La madre reprendía a su padre, razonándole que nada bueno podrían aprender en esos paseos por los suburbios. El abuelo aguantaba la reprimenda, y con ironía le decía que si a ella la hubiese paseado de pequeña por esos lugares, ahora no sería tan superficial ni vanidosa. Con aquello, el enfado estaba servido y el abuelo tardaba meses en volver a sacarlos de su existencia maravillosa. La abuela, su mujer, se aliaba con la madre, y entre ambas trataban de domarle, aunque, por suerte, en poco tiempo olvidaban la discusión.

Fueron creciendo y se convirtieron en compinches de su yayo. Cuando salían con él nunca contaban dónde habían estado. Juan y su mellizo tenían diecisiete años. La hermana, veinte. Ella era una fotocopia de su madre y se apuntaba a los paseos solo para que el abuelo, generoso y complaciente, la llevara después a su restaurante favorito.

Era sábado por la mañana cuando el abuelo recibió una llamada al teléfono móvil mientras tomaban un almuerzo en el centro de la ciudad. El tiempo se paralizó cuando el yayo se quedó como congelado durante unos segundos.

Cuando volvió en sí, les dijo que una de las personas que le había hecho el mejor regalo de su vida se estaba muriendo. No dudó: dio el almuerzo por terminado, llamó a un taxi y subieron con él, aunque no era del todo consciente de la compañía de sus nietos. No habló, no hablaron. El vehículo se detuvo en el barrio que acababan de transitar, frente a un edificio viejo y destartalado.

Entró solo al dormitorio. Pasó un cuarto de hora en la habitación y al fin les llamó para que pasaran ellos. Tumbada en la cama estaba una pequeña mujer de ojos grises, consciente de que la vida se le escapaba. Les recibió con una sonrisa. Sus ojos vidriosos no se querían cerrar, como si necesitara absorber cada rasgo, color y mueca de la cara de aquellos muchachos.

Le agradeció al abuelo su presencia. Cogida de su mano y mirando a la nieta, abandonó este mundo.

Al ver su foto en la mesilla de noche, un retrato de cuando era joven y bella, descubrieron que aquella mujer era su verdadera abuela. En sus años mozos, cuando fue rechazada por su novio, se sintió desamparada e incapaz de criar a una niña. Por eso entregó a su hija a un acaudalado noble y a su esposa, por mediación de un párroco. Desde entonces, el matrimonio pagó generosamente sus facturas a cambio de su silencio.

No hizo falta que el abuelo les pidiera que no dijeran una sola palabra de lo que habían visto. Hacía muchos años que la discreción era su lema.

 
 
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