XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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El reencuentro
Álvaro Soto Rodríguez, 16 años
Tabladilla (Sevilla)

Llevaba tanto tiempo pensando en silencio, recordando lentamente lo que más me gustaba, que la espera se me hacía eterna. Es difícil de imaginar para alguien que no sienta lo mismo; uno ha tenido que pasar por esa situación para comprenderlo.

Hice cuentas con los dedos. Había pasado al menos dos meses fuera de mi ciudad y las manos comenzaban a resentirse. Era como si me hubieran robado un objeto preciado, o incluso más, como si un miembro de mi cuerpo me hubiera sido amputado. Mas ya no quedaba casi nada de tiempo; por fin, en unos días, me reuniría con ella.

Me puse un poco de música para aliviar la espera. Entre todos los instrumentos, distinguí con claridad el sonido de una guitarra, que despertó una melodía en mi interior.

Cuando llegó el momento tan anhelado, pude volver a mi hogar y reencontrarme con ella. En cuanto la tuve entre las manos, noté que me temblaban los dedos. Estaba aterrado: temía que no me reconociese. «No ha pasado tanto tiempo, estoy seguro de que se acuerda de mí», me dije para tranquilizarme.

Fui entrelazando mis dedos con los suyos, acariciándola con suavidad. Entonces, como si estuviésemos hechos el uno para el otro, ella empezó a cantar… ¡Fue increíble! ¡Me leía la mente! Era tal la compenetración que parecía como si el día anterior hubiéramos estado ensayando.

Cada vez menos tímida, mi mano fue deslizándose con soltura mientras la música llegaba a mis oídos y me hechizaba. Por unos instantes me olvidé de todo y disfruté como un niño pequeño, sin preocupaciones, jurando que no volvería a separarme nunca de mi guitarra.

 
 
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