XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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Jaque mate
Ana Badía, 18 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

En las partidas de ajedrez no siempre hay un ganador. Es curioso cómo algunas batallas terminan en tablas. Esas son las más interesantes.

«Aún recuerdo con emoción una tarde nublada. Desde el balcón de tu habitación se veía caer la lluvia, que mojaba los cristales. Mirabas el cielo por la ventana, esperando paciente a que yo moviera una pieza. Pero si movía el rey ibas a ganar la partida, fuera cual fuera la casilla donde lo colocase; si no lo movía, también.

—Otra vez, jaque mate —me dijiste con una sonrisa.

Y la partida acabó ahí.

Siempre me ganabas, ya fuera por jaque mate o porque me quedaba con el rey solo, luchando contra tu numeroso ejército.

En esos momentos pensaba que esa era la vida con la que siempre había soñado. Deseaba que nunca se acabasen los jaque mate, las tardes tomando el té, leyendo novelas o con los juegos de cartas. No era el lugar más apropiado donde pasar las horas, pero el destino te estaba dando una oportunidad de oro, pues aquella enfermedad te podría haber llevado hacía veinte años. Pero seguías a mi lado.

Después de merendar jugamos la que fue nuestra última partida. En el momento en que la acabamos supe que ya no habría más. Era el fin de nuestra rutina. Éramos dos ancianos que se habían pasado así los últimos veinte años, dentro de aquella habitación de apenas quince metros cuadrados.

—Tu turno —dijiste.

Coloqué el alfil al lado del rey. Eran mis últimas dos fichas. Nunca había llegado tan lejos.

—Ahora, el tuyo.

Te encontrabas en la misma situación que yo: un alfil y el rey.

Vacilaste un momento antes de mover el alfil. Enseguida lo volviste a dejar donde estaba.

—Tablas. Estamos en tablas, Isabel. Esto quiere decir que no hay ningún ganador, pero también que no hay ningún perdedor. ¡Te felicito! Tras muchos años, has conseguido defender a tu rey. Algún día la victoria será tuya.

Me fui a casa a descansar, como cada noche. Tú te quedaste al cuidado de las enfermeras.

A la mañana siguiente me llamaron de la residencia. Me dijeron que empeoraste por la noche y que tu partida se había acabado.

Estoy tranquila por ti, Mariano. La vida me dio el mejor regalo, un esposo como tú. Contigo tuvo un gran detalle también: vuestra batalla acabó en tablas. Porque fuiste feliz durante la partida y también al finalizarla. Y a eso no se le llama jaque mate.
Descansa en paz, Mariano».

La emoción recorrió la sala de la funeraria.

 
 
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