XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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La consulta
Ana Badía, 17 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

En la «Sala de la imaginación» —así es como la psicóloga se había referido a aquella estancia durante la primera sesión—, Alicia y su madre aguardaban pacientemente a que llegase la especialista.

La niña, de siete años, portaba entre los brazos un conejo de peluche al que acariciaba con suavidad. Junto a ella se encontraba su madre, que pasaba con delicadeza la mano por el hombro de la niña mientras intentaba mantener la calma. Aquella habitación repleta de muñecos de colores y manualidades le ponía los pelos de punta, al obligarla a recordar todo por lo que habían pasado desde que su hija, hacía un año, se perdió en el parque.

Aunque solo fueron unas horas, ella y su marido se vieron envueltos en un estado de pánico, al tiempo que los peores finales imaginables les rondaban la cabeza. Afortunadamente Alicia apareció. Llegó andando sola tres horas después, cuando el sol se estaba poniendo y la ciudad se volvía fría. Para asombro de quienes la buscaban, no estaba asustada; al contrario, decía venir de un lugar maravilloso, donde había conocido a unos animales parlantes y divertidos.

La vida de aquella familia había cambiado mucho desde entonces. En un primer momento se pensó que debían ser tonterías de una niña a la que le gustaba mucho fantasear. Pero había transcurrido un año y Alicia —a pesar de los esfuerzos por parte de la psicóloga— seguía convencida de la existencia de aquel mágico mundo.

Después de unos minutos, la psicóloga entró en la sala. Era una mujer bajita de aspecto afable y cara sonriente, a quien Alicia admiraba y quería, por ser la única persona a la que le interesaban sus aventuras.

—Buenas tardes, queridas —saludó a la madre con un cordial gesto de cabeza, mientras se sentaba frente a la niña en un taburete—. Me alegra volver a verte, Alicia.

—A mí también. ¡Esta semana se me ha hecho larguísima! Estaba deseando que llegase el sábado para volver a jugar y a pintar —respondió la pequeña esbozando una gran sonrisa. En aquel lugar siempre se lo pasaba bien. Sabía por qué y para qué estaba allí, pero también estaba convencida de la veracidad de lo que decía.

—¿Estás preparada para seguir trabajando y contándome detalles sobre el mágico País de las Maravillas? Te digo yo que algún día tu historia será escrita. Mientras tanto, prosigamos…

Y Alicia, como cada sábado, empezó a relatar su historia con todo lujo de detalles, desde la caída por la madriguera, pasando por la fiesta del té y su encuentro con el gato invisible, hasta ese mismo momento, en el que afirmaba que el conejo le susurraba los detalles, para no olvidarse de nada.

 
 
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