XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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El secuestro de Jaime
Carlos Díaz Hernando, 15 años
Colegio El Prado (Madrid)

A las cuatro y media de la tarde, el grito desgarrador de una madre interrumpió el murmullo que sobrevolaba la estación de Atocha.

—¡Mi hiijo! —exclamó con la voz entrecortada por gemidos—. ¡Se han llevado a mi pequeño! ¡Jaime, Jaime!...

Los pasajeros acudieron en tropel al andén del tren Madrid-Gijón, en el que se encontraba la mujer. Uno de ellos telefonéo a la policía mientras otros intentaban consolarla.

Los agentes no tardaron en acudir. Interrogaron a la mujer. Les dijo que se había dado media vuelta para consultar la hora en el reloj de la estación, y que cuando se giró de nuevo sobre sus talones, su hijo ya no estaba. Interrogaron también a uno de los vendedores de billetes.

—Apareció un hombre que parecía tener mucha prisa, y compró dos billetes a Santander. Tenía la voz desgastada, y por su mala vocalización diría que llevaba dentadura postiza —fue la información que aportó el taquillero.

La noticia llegó hasta la comisaría de Ribadesella, el pueblo del niño desaparecido. Algunas personas crearon un foro en Facebook para que cualquiera que supiera algo acerca de Jaime, pudiese anunciarlo.

La policía intentó detener el tren de Gijón, pero no obtuvo respuesta alguna por parte del maquinista. La radio devolvía un silencio intenso e inquietante.

—¡Primero desaparece un niño y ahora el tren! —exclamó el jefe de la unidad policial.

Al cabo de unas horas, en el foro apareció un mensaje: «Hay un tren detenido en una vía abandonada, cerca de San Miguel del Pino».

El tren estaba vacío; una avería había obligado a trasladar a los pasajeros en autobús. Al revisar la locomotora, la policía comprobó que la avería se había producido intencionadamente. Por otra parte, Jaime y su secuestrador no se encontraban en el autobús, al que una pareja de la Guardia Civil dio el alto en la autovía.

Los agentes “peinaron” los alrededores de San Miguel del Pino con la ayuda de perros adiestrados. Un ladrido anunció una pista: a los pies de un árbol encontraron dos pares de huellas, unas grandes y otras más pequeñas, y un botón de la camisa de Jaime. No podían estar muy lejos, pues según declaró el taquillero el hombre era de avanzada edad.

El olfato del perro les guió hasta donde se hallaba el secuestrador. Para sorpresa de los agentes, se trataba de la comisaría de la localidad. Una voz que se asemejaba a la descrita por el hombre de las taquillas sonaba desde dentro:

—Sí, secuestré a mi nieto —dijo con mala vocalización—. Mi hija no me deja verle desde que cumplió dos años…

—Vamos a llamar a su hija— respondió el guardia de turno descolgando el teléfono.

Cuando la madre de Jaime llegó, al fin, a la comisaría, abrazó a su hijo y, acto seguido, se dirigió a su padre. Después de unos momentos de indecisión, lo abrazó con fuerza.

—Perdóname —le susurró al oído.

 
 
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