XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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Miedo a la oscuridad
Carlos Fernández Rubio, 16 años
Colegio Tabladilla (Sevilla)

Oigo voces a mi alrededor. Miro hacia todas partes, asustado. Me gritan que me rinda, que les haga caso y que deje de luchar, que no vale la pena. No sé si sus propósitos son buenos, pero no estoy realmente seguro de que me quieran hacer daño. Empiezo a sudar y paseo la mano por mi cabeza rala. Miro la bata de dormir, toda empapada.

Hoy es el tricentésimo quinto día desde que me dijo el doctor Jiménez que tenía un insecto malo dentro de mí. Añadió que era muy rápido y que resultaba difícil de atrapar, como yo cuando jugaba al fútbol: Manu y Paco intentaban quitarme la pelota, pero siempre conseguía escabullirme y Simba (así es como llamé al insecto que vivía dentro de mí) parecía haberlo heredado.
Ya es por la mañana y la señorita María me trae las galletas. Ella sabe que no me gustan mucho; por eso, a cambio de comérmelas me da luego una golosina sin que el doctor Jiménez la vea, porque dice que si no le riñe. María es muy buena amiga y siempre está sonriendo; me siento seguro a su lado. Cuando estoy con ella las voces dejan de escucharse tan fuerte y puedo aparentar que no están ahí.

Las noches son lo peor... Las sombras de mi habitación hacen que esa gente parezca real; las veo bailar alrededor de mi cama con intención de asustarme. Por eso le pido a Simba que me deje, que aunque sea un buen chico me hace daño si vive dentro de mí, y por su culpa las voces se escuchan cada vez más fuerte y me dan más miedo, como aquel día que papá se puso una máscara y me asustó.
Hace ya bastantes días que me di cuenta de que Simba no va a hacerme caso. No se va a ir jamás. Entonces empezó la verdadera lucha por el poder entre Simba y yo. Él se volvía cada vez más fuerte. Luchábamos con tal intensidad que al llegar la noche me caía exhausto en la cama. Pero me recuperaba, y al día siguiente, de nuevo daba comienzo un cara a cara con Simba. Me estaba ganando terreno. Las voces me decían que abandonara, que él era demasiado fuerte, pero no, yo seguía combatiendo como cuando jugaba a guerras y trincheras con Manu y Paco, y era siempre el ganador. Y así he continuado peleando hasta el día de hoy.

Mamá se me acerca con lágrimas en los ojos.

—Me muero, ¿verdad? —le pregunto, con miedo a lo que me pueda contestar.

El brillo de sus ojos me confirma lo que ya temía.

—No digas eso, cariño —me dice gimoteando.

—Te quiero, mami.

Entonces hago caso a las voces, que están contentas y se ríen entre ellas, felices de que me haya rendido. Ahora que me acogen veo el mundo como un punto en el horizonte, un punto que se hace más y más pequeño.

 
 
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