XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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El Solitario
Carmen Morote García, 15 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

Los compañeros de clase le apodamos «El Solitario». En el aula siempre ocupaba el pupitre de última fila; en el comedor se sentaba en uno de los extremos de la mesa y apenas hablaba con nadie; en los recreos se limitaba a permanecer en una esquina, alejado de nosotros…

Después de más de dos meses desde su llegada al colegio, todavía nadie había mantenido una conversación con él que no fuese el convencional saludo de buenos días o de buenas tardes. Claro que no era nuestra culpa, era él el que decidía mantenerse apartado, pese a nuestros incontables esfuerzos por incorporarlo al grupo. Alrededor de él se percibía un halo de misterio, así que una mañana del mes de enero, mientras toda la clase jugaba al baloncesto, decidí acercarme a su rincón.

Se encontraba sentado con las piernas cruzadas, escribiendo en un cuaderno con viejas y desgastadas tapas de cuero. Su rostro expresaba intensa concentración debido a la manera en la que fruncía los labios y por la arruga que se formaba entre sus cejas. Me senté despacio a su lado, casi como pidiendo permiso. Un ligero asentimiento de cabeza fue su respuesta. Ese fue el primero de muchos de los recreos que pasamos juntos.

Me contó brevemente su historia. Su familia era americana y él había nacido en Estados Unidos, pero por el trabajo de su padre, que era representante de una importante firma estadounidense, estaban obligados a viajar mucho. A sus quince años ya había vivido en más de diez países, y en ese momento estaban pasando unos meses en España.

Me comentó que en un principio no había pensado en hacer ningún amigo español, ya que su estancia iba a ser muy corta, pero yo le había hecho cambiar de opinión. Nunca solía confraternizar con nadie, pues no sabía cuándo iban a volver a cambiar el destino de su padre, y así evitaba las despedidas dolorosas.

Un día me enseñó su cuaderno. Dentro se recogían recuerdos de todos los países que había visitado: graciosas historias de Italia, dibujos de los impresionantes paisajes de Argentina, fotos increíbles de las calles parisinas… Ese libro me fascinó. Allí dentro se encontraba un mini mundo, algo excepcional para alguien como yo, que nunca había salido de Sevilla.

Una mañana de primavera hallé en mi pupitre, entre todos mis libros de clase, su cuaderno. Le busqué durante toda la jornada para devolvérselo, pero no le encontré en ninguna parte. Miré entre sus cosas, mas todo su material escolar, libros y cuadernos habían desaparecido. Entonces se confirmaron mis peores sospechas: nos dijeron que habían destinado a su familia a una ciudad rusa, cerca de la frontera con China, y que esa misma mañana habían partido hacia allí.

Y así fue como me separaron del «Solitario». Había pasado todo el invierno en su compañía y ahora la clase me parecía vacía, y los recreos incompletos. Nuestro estrecho vínculo, que se había forjado a lo largo de esos fríos meses en nuestro rincón del patio, de repente se resquebrajó, y nunca más volví a saber de él.

Eso sí, conservo con mimo su cuaderno de cuero, que recoge sus aventuras hasta el día que nos conocimos.

 
 
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