XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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Lluvia de Ana
Claudia Regojo, 16 años
Colegio Grazalema, El Puerto de Santamaría

Al principio era solo lluvia, un eco distante que golpeaba el tejado de su ático. No sabía en qué momento empezó a ser consciente de que estaba despierto. Abrió los ojos. La escasa luz del alba, que penetraba entre las tablillas de la persiana, le permitió contemplar una vez más la grieta que se extendía de arriba abajo en el techo.

«Deben rondar las seis y media», pensó, girándose de cara a la pared, decidido a retomar el sueño.

Permaneció un tiempo inmóvil, sus oídos alerta, y se vio incorporado en la cama, deleitándose en el plip, plop, plip, plop de las gotas sobre su cabeza.

Y de la misma manera que había experimentado con sus alumnos el fenómeno por el cual un día surge música del ruido con el que las hierbecillas perforan el asfalto, creyó escuchar las gotas agrupándose en el pentagrama. Formaban una melodía en clave de Fa, al principio algo vaga y después clara y definida, como el trazado de la grieta que tan bien conocía.

«Ahora sí, seguro», se dijo, «me estoy volviendo loco».

Rendido, se dejó caer sobre la cama, enrollando la cabeza en la almohada como para inhibir la melodía que se había adueñado de su interior. Dolía.

En el pasado la música le había hecho feliz. Por ella había conocido a Ana, profesora del conservatorio donde ambos trabajaban. La música sonó en sus corazones desde el primer cruce de miradas, hubo música en la boda, y cada tarde, en casa, rodaron un sinfín de discos sobre el plato giratorio. Todo fue así hasta el día que una mano levantó definitivamente la aguja del surco de vinilo.

La música era sinónimo de Ana, y ahora también de tormento, rabia y dolor.

Desde entonces, su vida se había puesto en pausa. Atrapado entre el pasado y el futuro, se limitaba a existir, realizando maquinalmente las tareas diarias. Se dió de baja en el conservatorio y centraba sus esfuerzos en evitar todo aquello que tuviese el mínimo potencial de reavivar el recuerdo del día que la perdió, en los milisegundos en que un semáforo ámbar se torna rojo y un imbécil pisa el acelerador.
Todo cuanto físicamente quedaba de Ana —partituras y un violín viejo— descansaba olvidado en una esquina del salón. Mas no pudiendo olvidarla, había encerrado su memoria en lo más hondo de su cabeza; solo de vez en cuando escapaba por debajo de la puerta una oleada de dolor, que él tapaba torpe y rápidamente con una visita al bar.

Ahora cada gota era un hachazo sobre la puerta, cada nota liberaba una tormenta de recuerdos y lamento. Por primera vez en meses se dejó empapar.

No sabía tampoco en qué momento cruzo el salón, retirando la sábana llena de polvo para dejar que sus dedos corrieran por las teclas, ciegos. Tocó durante horas, componiendo un sinfín de melodías que jamás conocerían la partitura. Su rostro y su cuerpo estaban calados hasta los huesos por las lágrimas, como si estuviese tocando bajo la lluvia.

La lluvia de Ana.

Cuando horas después despegó sus dedos de las teclas, la luz se filtraba por la cristalera del salón. Se levantó, y aunque debía ser pasado el mediodía, encendió la cafetera y puso el desayuno para uno.

Con la taza en mano, recogió una a una las cartas que llevaban semanas apilándose en el buzón. Se detuvo en un sobre amarillo gastado. Quizá el banco, la compañía de la luz o la del agua (e incluso el profesorado del conservatorio) seguirían adelante sin él, pero sus alumnos le reclamaban. Veinticinco firmas sobre un papel gastado le recordaron el sentido de su trabajo y de su vida: la pasión por la enseñanza de la música que había compartido con Ana y que no podía abandonar.

 
 
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