XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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Vuelo a Moscú
Constance F. Talbot-Garman, 15 años
Colegio Orvalle (Madrid)

«Última llamada para los pasajeros con destino a Moscú, del vuelo RA324…».

Entre los viajeros que colocaban los bolsos de mano en los compartimentos, una bella joven se deslizó por el pasillo, luciendo una llamativa elegancia, como si en vez de caminar, flotara entre la barahúnda de los turistas. Pero no estaba sola: una figura masculina seguía discretamente sus pasos, oculto el rostro bajo una bufanda y un sombrero.

La joven tomó asiento y echando una mirada rápida a su entorno, exhaló un suspiro. Ya no había rastro alguno de aquel misterioso hombre. A su izquierda una mujer mayor roncaba plácidamente, lo que le causó una ligera sonrisa. Pronto le sorprendieron las miradas fascinadas que le lanzaba el caballero de su derecha, que cesaron de inmediato en cuanto ella le atravesó con unos ojos prendidos de altanería. Convencida de la inocencia de sus acompañantes, cerró los párpados hasta el despegue.

Hacia la mitad del vuelo, se levantó y se dirigió a los baños, llevando consigo un bolso. Tan pronto como cerró el pestillo, lo abrió para sacar un pintalabios. Desenroscó la tapa, dejando caer sobre la palma de su mano un microchip, que acto seguido introdujo en un pendiente con forma de serpentina. Alzó el borde de su vestido, dejando a la luz una pequeña pistola, que cargó para volver a dejarla unida a uno de sus muslos. Con naturalidad tiró de la cadena y salió del aseo. Sin quererlo se chocó con su vecino de asiento. Este le dirigió una sonrisa de disculpa y ella le devolvió otra, complaciente.

Eran las doce en punto, hora de Moscú, y un fúnebre paisaje nublado reinaba sobre el aeropuerto de la capital rusa. Los pasajeros se encaminaron hacia la cinta de equipajes, salvo la joven, que —al parecer— había viajado sin maletas. Ella se dirigió hacia la salida, en donde le esperaba un coche. El chofer la saludó respetuosamente, murmurándole algo en italiano.

En el interior del automóvil, un caballero repeinado e impecablemente vestido con traje y corbata, y un elegantísimo abrigo de visón, reposaba una de sus manos sobre el cabezal de un bastón.

—¡Lorenzo! —le saludó la joven.

—Mia amata! Avete? (1)

La muchacha se quitó el pendiente y sacó el chip para mostrárselo. Su acompañante la tomó de la mano, besándosela con emoción. Después se abrazaron mientras el coche comenzó su viaje.

Entre la neblina llegaron a su destino, el Ritz-Carlton. Un botones les abrió la puerta del vehículo y otro la del hotel, donde fueron rápidamente atendidos por el recepcionista:

—Countess Volchkova, mister Bernini. What can I do for you? (2)

La pareja intercambió una mirada.

—Fase one complete. (3)

Los ojos del recepcionista se iluminaron. Recuperando la compostura les guió hasta el quinto piso, dejándolos ante la puerta de una suite. El signor Bernini se sacudió el abrigo y, dirigiendo una mirada rápida a la condesa, abrió la puerta. Un hombre se encontraba sentado en un escritorio. La luz de la lámpara mostraba sus rasgos envejecidos y fatigados. Hizo una mueca de disgusto.

—Treinta segundos tarde, Bernini. Condesa, la han seguido, ¿verdad? No, no hace falta que responda. Unos informantes soviéticos esperan en el segundo piso a que usted abandone el hotel. Por tanto, limítese a responder mis preguntas, pero antes denme el microchip.

El signor Bernini se lo entregó.

—Bien, bien, muy bien. ¿Saben qué contiene? Claro que no lo saben. Se lo diré; esta cosa minúscula es la llave del futuro, pues contiene los planos secretos de todas las expediciones militares que se han llevado a cabo en MI6 durante el mando de Dick White.

—¿Qué hará con ellos? —preguntó la condesa.

—Los venderé a la potencia que mejor me pague. Quién sabe: a lo mejor la propia Unión Soviética decide honrarme con una suma apropiada.

Su audiencia exhaló un suspiro; aquel hombre era el demonio encarnado.

—Y ahora, ¿qué haré con vosotros? —de sus labios salió una carcajada sibilina.

Desde una ventana del segundo piso, dos personas se turnaban para vigilar la calle.

Eran las tres de la tarde, hora de Moscú. Se escucharon dos disparos.

—Lorenzo!

—Mia amata!


(1) “¡Mi amada! ¿Lo tienes?”
(2) ¿Qué puedo hacer por ustedes?”
(3) “Fase primera completada”.

 

 
 
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