XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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Lance de honor (rememorando a Don Juan)
Esmeralda de la Hoz, 15 años
Colegio IALE (Valencia)

Era una noche de noviembre, oscura y fría, iluminada de vez en cuando por la luz de la luna, que aparecía entre los desgarrones de las nubes que se deslizaban rápidamente por el cielo.

La sombra de dos espadas cruzando sus filos se reflejaba sobre la lápida de uno de los silenciosos moradores del cementerio: la de la joven y dulce Elena de Montenegro, que acabó sus días por obra de la infamia de un seductor, un pecador que era capaz hasta de retar a los muertos, aunque al final fue condenado por sus múltiples pecados.

En este lance de honor, dos hombres empuñaban sus espadas. El joven de barba perfila-da era insolente, osado con su acero y sin respeto por nada ni por nadie. No había ley humana o divina que se interpusiera en su camino. Estaba por encima de la moral, era apasionado en el amor, tramposo en el juego y cruel en la lucha.

Su contrincante, por el contrario, representaba el respeto al honor y a la virtud. Había sido padre amado y querido por su hija hasta que un amor, emponzoñado por el más letal de los venenos, se la arrebató.

El padre de la joven Elena maldecía el día en que permitió a su hija ser novicia de aquel convento. Si no la hubiera apartado de su lado, nunca se habría opuesto a sus deseos. Pero aquel embaucador y libertino malnacido la había deshonrado. Las palabras y las falsas promesas de amor de aquel burlador habían hechizado el alma pura de Elena, per-mitiendo al joven conseguir el botín que perseguía, a sabiendas de que la abandonaría una vez se hubiera deleitado con ella, como así fue.

Recordar no es bueno mientras la mano se aferra a un arma. El odio pasa del corazón al filo del acero, y la rabia y el rencor no facilitan el pensamiento: tan solo se desea matar. Sin embargo, un duelo donde la razón cede a la pasión significa la muerte.

En un descuido, el joven temerario consiguió desasir la espada del puño del contrincan-te. Desprotegido, pero confiando en que se le permitiera recobrar el estoque, el caballero trató de recuperar su acero. Imposible: el terrible filo atravesó el corazón del padre de Elena, que cayó, ya sin vida, sobre la fría tumba de su hija.

Quiso el destino que la lápida se moviera. De las entrañas de la tierra salió la calavera de Elena, a modo de macabra bienvenida al alma de su padre.

El joven, mientras limpiaba la espada, se reía de la muerte. Osadamente pensaba que aún no había llegado su hora; que él, a diferencia de todos los que yacían bajo las frías tum-bas del cementerio, estaba muy vivo.

La insolencia de la que hacía gala aquel libertino le permitió jugar con el cráneo de la infeliz Elena como si de una piedra se tratase y, con una fuerte patada, lo lanzó hacia la luna.

Ya en el lecho, el apuesto donjuán descansaba de otra villanía, pero algo iba a perturbar para siempre su reposo: el espectro de Elena de Montenegro regresó del inframundo, exigiéndole que cumpliera la promesa que le había sido hecha en vida. Aquella ánima descarnada, sonriente por vengar el honor de su familia, volvía de la tumba para decirle a su amado: «No hay plazo que no llegue, ni deuda que no se pague. Tu alma está conde-nada a amarme eternamente».

 
 
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