XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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El rey caído
Gonzálo Álvarez Garza, 16 años
Liceo del Valle (Guadalajara, México)

Las hojas otoñales pintaban de melancolía el parque, mientras los aspirantes a maestros de juego movían los peones sobre los tableros de ajedrez.

-Te tocan las blancas Ricardo; empiezas.

-No te apresures, Juan. Dame un minuto.

Ricardo observó el tablero y se dijo que esta vez conseguiría la victoria. Comenzó moviendo su peón de la cuadrícula B5 a la D5, el mismo que Juan haría a continuación. La guerra entre ambos empezó de niños. Primero fueron las carreras, después el ping pong, más tarde el tenis y, con el paso de las décadas, terminaron enfrentándose con soldados de madera.

Juan era muy ágil e inteligente. Había pasado la mayor parte de su vida un paso delante de Ricardo, que pasó sus días puliendo sus habilidades, aspirando no solo ser igual de habilidoso que Juan, sino a superarlo.

Jugada tras jugada, los ancianos fueron haciendo de la partida de ajedrez una batalla emocionante. En el rostro de Juan se precibía el aprieto. El sudor en su rostro anunciaba una derrota inminente. Mientras, Ricardo pensaba en movimiento que podía darle la victoria. Pero la edad le traicionó el pulso y su temblorosa mano tiró su propio rey por equivocación.

-Gané otra vez -exclamó Juan, aliviado.

-Espérate –le reconvino-. Sé que tirar el rey significa rendirse, pero no ja sido mi intención.

-Eso no importa; imagínate que en un torneo te sucede lo mismo: perderías automáticamente.

Juan no podía permitirse perder contra su rival.

Ricardo, al percibir del orgullo de su amigo, sintió la necesidad de ponerlo en su lugar.

-Juan, entonces, tienes que ofrecerme la revancha.

Juan sabía que si volvía a jugar, la suerte no iba salvarlo del "mate".

-Dejémosla para mañana, Ricardo. Estoy cansado.

-¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo?

-Claro que no. Simplemente estoy agotado.

Ricardo notó en su lenguaje corporal que Juan tenía miedo de perder. Debía provocarlo.

-Siempre pensé que eras una gallina, pero ahora estoy seguro que eres un pavo decrépito.

El orgullo de Juan reventó; no podía soportar que Ricardo le acusara de tener miedo; era imperdonable.

-¿Yo miedo?... No me hagas reír –le replicó con agresividad-. Nadie puede tenerle miedo a un pésimo jugador como tú.

-Entonces siéntate y dame la revancha.

- Jugaré solo con una condición-le dijo-: Si pierdes, no volverás a tocar a un peón en tu vida.

-¡Esto es ridículo! Es como pedirle a un ave que deje de volar... Pero acepto, si tu admites que soy mejor que tú.

Juan se volvió a sentar en la silla, dispuesto a empezar la batalla que decidiría toda una vida en guerra.

-Eres blancas, Juan –le aclaró Ricardo-. Empiezas.

La batalla se inició con el mismo movimiento de la anterior partida. Ricardo conocía el estilo de Juan, tanto como el suyo. Sabía que su amigo era impredecible, pero siempre buscaba tener dos reinas en el juego. Por eso sacaba las piezas más fuertes al principio de la partida, como distracción para mover los peones hasta la línea final.

La partida seguía su curso con normalidad, cada cual apegado a sus estrategias, tratando de acorralar al rey enemigo. Pero la suerte repentinamente se tornó a favor de Ricardo.

Juan tenía la vista fija en el tablero. Parecía que esa concentración fuera una estrategia de distracción. Solo le quedaban dos movimientos para el mate. Su confianza aumentó cuando movió la pieza que, creía, iba a consumar su victoria.

La tensión comenzó a aumentar. El corazón de cada jugador se agitaba como si estuvieran librando un combate real con espadas. De pronto, Juan se quejó de un fuerte dolor en el pecho.

Ricardo comprendió lo que estaba sucediendo al ver a Juan que se apretaba el brazo con un rictus de dolor que le desfiguraba el rostro, lleno de ira. Le pidió que se tomara un momento de descanso, para que pudiera tranquilizarse y mitigar el dolor. En seguida, Ricardo tomó su teléfono y llamó a una ambulancia. Como parecía que la situación empeoraba, le pidió a Juan que le observara mientras movía sus dedos y de nuevo tiraba al rey.

La ficha giro en el tablero indicando el final de la guerra.

 
 
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