XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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La beca
María Benítez-del-Castillo Mateos, 16 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santa María)

Todos los días el despertador sonaba muy temprano para que a Luis, el quiosquero del pueblo, le diera tiempo a colocar los ejemplares del día en su quiosco. Sabía que su labor no era grandiosa, que no se le presentaría la ocasión de salvar vidas ni nada semejante, pero se contentaba con realizar su trabajo con diligencia, aportando así su granito de arena. Además de vender la prensa, los cigarrillos, los cromos de los niños, encendedores y algunas chuches, su quiosco se convertía en punto de reunión para los lugareños, y también de información para los que llegaban de visita al pueblo.

Disfrutaba dialogando con sus clientes e interesándose por ellos. Al ser un pueblo tan pequeño, conocía a todos y cada uno de los vecinos. A las diez en punto, veía llegar al chico de los recados, Pedro, que llevaba el periódico a aquellas personas que no podían ir a comprarlo. Ser chico de los recados era uno de los muchos trabajillos del muchacho, que llevaba meses buscando el modo de poder pagarse la universidad, porque era huérfano de padre y su madre tenía un empleo muy modesto.

Luis estaba muy contento con él; nunca recibía quejas y el chico era siempre amable con él y con los clientes. Lo que más le gustaba de su joven ayudante eran su constancia y sus ganas de ayudar en casa. Estaba convencido de que, con esas dos cualidades, Pedro conseguiría estudiar una carrera.

Por eso, no le extrañó demasiado que una mañana apareciese Pedro, con una sonrisa todavía más grande de lo habitual, para decirle que al día siguiente no iba a poder ir a trabajar. Ni al día siguiente ni ningún otro día, aclaró, porque había logrado que le dieran una beca para la universidad.

 
 
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