XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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La vida de un artista
Marta Zamora , 14 años
Colegio Puertapalma (Badajoz)

Bea siempre había disfrutado trasteando entre los cachivaches del sótano de su casa. Pasaba horas y horas allí, revolviendo cajas y encontrando artilugios extraños que, a pesar de ser demasiado viejos, a ella le parecían tesoros. A veces invitaba a su amigo Mario, que leía muchos libros y parecía saberlo todo acerca de aquellos armatostes pasados de moda. Habían compartido allí muchas tardes fabulosas, sumergidos entre polvo y cajas de cartón.

Según decía su madre —a la que no agradaban muchos sus ratos en el sótano—, lo único que hacían era bucear entre trastos inservibles, por lo que siempre terminaba riñéndoles con su frase favorita: «Algún día vais a acabar haciéndoos daño. Luego no me vengáis llorando».

Aquella tarde, Bea estaba absorta, tratando de arrancar alguna nota a un acordeón desafinado. De pronto, le sobresaltó un grito triunfal de Mario:

—¡Esto seguro que era de un explorador! —gritó, sosteniendo unos prismáticos a los que les faltaba una lente.

—¡Claro! Y se le rompió el cristal peleando con una fiera en la selva… ¿Te imaginas que nosotros hiciéramos eso? —dijo Bea.

—¡Tú seguro que salías corriendo!

Se arrastraron por debajo de unas sillas de madera medio rotas, y descubrieron una nueva montaña de trastos. Disfrutaban inventando historias sobre cada uno de sus descubrimientos, como si fueran exploradores… de sótanos.

—¡Hala, mira esto! —volvió a gritar Mario, señalando esta vez una caja repleta de telas.

Comprobaron que se trataba de ropa. Nada mejor que disfrazarse para añadir algo más de credibilidad a sus juegos... Como eran prendas de adulto, las chaquetas les llegaban hasta el suelo y hacían más la función de capas, mientras que para la cabeza encontraron unos bombines. A Bea el suyo le quedaba bien, pero a Mario se le caía y reducía considerablemente su campo visual.

Había también un par de bastones que decidieron usar como arma, y comenzaron a pelear. Los dos cayados chocaron varias veces con un ruido estrepitoso, mientras los niños reían. Al final, Bea acabó contra las cuerdas, y a punto estuvo de caerse, pero se abalanzó sobre su contrincante en un último intento y los dos rodaron por el suelo. A Mario se le enredó un pie en la tela de una cortina, con tan mala suerte que toda la pieza se derrumbó sobre ellos. Haciendo aspavientos, se zafaron rápidamente de ella, y se encontraron de espaldas a la pared, intentando recuperar el aliento.

—Bea… Detrás de mí hay una puerta.

—¿Una puerta?... ¡Déjame ver! ¿Qué habrá al otro lado?...

Contuvieron la respiración mientras deslizaban la mano sobre el pomo y empujaban despacio.

Descubrieron una habitación de grandes dimensiones. Las paredes estaban cubiertas de estantes con libros, todos del mismo tamaño, con ribetes dorados en el lomo. En una esquina reposaban unos lienzos que reflejaban hermosos paisajes y escenas urbanas. El que más llamó la atención de Bea fue uno que estaba en blanco, salvo por unas palabras que figuraban en la parte superior izquierda. Como no alcanzaba a leer lo que ponía, llamó a Mario, que se había quedado examinando las cubiertas de los libros. Entre los dos tumbaron el cuadro y vieron que se trataba de una cita escrita a lápiz, que decía que todo se puede aprender en los libros… Y añadía, misteriosamente, que todo su trabajo se encontraba allí.

—¿Qué querrá decir con esto? ¿Que fue un escritor y no un pintor? —se preguntó Bea en voz alta.

—Pues no sé. Yo estaba echando un vistazo a los libros hasta que me has llamado. ¿Sabes que ninguno tiene título?

La voz de la madre de Bea les sacó de su ensimismamiento, anunciándoles que habían venido a recoger a Mario, por lo que debían detener de inmediato la investigación. Pero no solo eso: Mario se mudaba de casa, de modo que Bea iba a quedarse sola con aquella misión.

Antes de subir con los mayores, Bea cogió el último tomo de una de las estanterías, marcado con un número en el lomo, y se lo entregó a Mario:

—Toma, para que te acuerdes de mí.

Ya en el coche, aburrido y sin nada que hacer, Mario miraba por la ventana pensando en cómo sería la vida en su nuevo hogar, sin su amiga. Por lo menos, le quedaba el libro que ella le había regalado… Lo sacó de la mochila y con delicadeza, pasó la mano por la cubierta para desempolvarlo. El número 107... ¿Qué podía haber escrito el misterioso pintor en 107 volúmenes tan gruesos?

Abrió el libro y se encontró con un dibujo. Pasó las páginas con una mezcla de incredulidad y asombro; no había ni una sola palabra. Tan solo imágenes: fotografías, pinturas, dibujos a lápiz…

Si hubiera tenido el primer volumen, habría encontrado la explicación en una breve nota del autor:

«Hace poco escuché que una imagen vale más que mil palabras, de modo que he decidido escribir mi historia de este modo>>.

 
 
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