XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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Carantoñas
Pablo Villar, 16 años
Colegio El Vedat (Valencia)

Como todos los jueves me bajé del autobús número trece, que me deja justo en frente del bar de Manolo, el cual aquel día estaba especialmente sucio. Desprendía tal olor a fritanga por la ventana de la cocina que daba a la calle, que tuve que desviarme de mi ruta para esquivar el humo aceitoso. Luis, uno de los parroquianos del bar, me llamó a gritos para que comentásemos los lances del último partido del equipo colchonero.

Cuando conseguí desmarcarme habilidosamente de aquel tipo, crucé la calle para llegar al parque. Mientras andaba con la mirada perdida, no dejaba de darle vueltas al examen de aquella tarde, que podría haber bordado si no hubiese sido tan perezoso y, por qué no, si el profesor, por una vez, me hubiese puesto la nota que merezco.

Tengo claro que mi canoso docente me tachó con una cruz en el momento en el que me marché de su clase. ¿Acaso no dijo lo que todos hemos oído alguna vez? «Al que no le interese mi asignatura, con total libertad puede salir del aula. No le repercutirá en la nota. Si por eso debo quedarme solo con tres alumnos, no os preocupéis».

Aunque mi apariencia exterior era de una clara seguridad, mi mente era un campo de batalla de conflictos internos, donde ganaban por goleada el caos y el desorden.

Cuando regresé a la parada, al tiempo que subía con el pie izquierdo al autobús que me llevaría a mi casa, vi de pronto la solución a mis problemas: «Tengo que vencer mi inseguridad». Sin embargo, eso es más fácil decirlo que hacerlo.

Cedí mi asiento a un señor mayor, gesto de urbanidad que fue comentado en la parte trasera del autobús, lo que fue completado con miradas y sonrisas de aprobación por parte de los pasajeros que antes habían fingido no ver al anciano. Me dio igual; yo me limité a actuar como mis padres me han educado. Es más, me entristecía que un acto que deberíamos hacer todos resultara inusual. Aunque algo me llamó la atención: los ojos de admiración de un niño que iba sentado con su madre, muy cerca del conductor.

Me vinieron a la mente todas las personas que sufren también inseguridades y momentos de poca lucidez. Soy consciente de que para ese chico me he convertido en un ejemplo, aunque solo me haya visto en una ocasión. Por eso dejé de mirarme el ombligo y, arrugando un poco la cara y sacando la lengua, le hice una carantoña, lo que le provocó una sonrisa tan grande que pude ver su mellada dentadura.
Llegué a mi portal, salude a mi simpático vecino que salía de paseo con su perro y, al entrar en el ascensor, me marqué un baile al ritmo de la animada música que escuchaba por mis auriculares.

Ya no me acordaba de la fumarola de aceite del bar de Manolo, ni del profesor… porque me había dado cuenta de que en la vida la mayoría de los problemas se pueden solucionar con una sonrisa. Algunas sonrisas son de caridad, otras de pena, de indiferencia, de cansancio, de amor, forzadas, de inseguridad… Mi sonrisa favorita vino en una carantoña.

 
 
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