XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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Cronópolis
Roberto Iannucci, 12 años
Colegio Mulhacén (Granada)

Los policías desaparecieron al doblar la esquina. Jaime se acercó a la pared más alejada del pasillo, donde estaba su compañero de celda, Javier.

—Ya se han ido—le susurró—. ¿Tienes preparada la salida?

—Sí—dijo el otro, quitando el bloque de piedra de la pared. Lo dejó en el suelo y miró a Jaime sonriente—. Es hora de fugarse.

El agujero era suficientemente ancho y alto para que un hombre delgado cupiese por él a gatas. Javier se adentró por la oscuridad de la abertura, seguido de cerca por Jaime. Ninguno quería quedarse mucho tiempo en la celda, por si volvían los policías.

Al cabo de un cuarto de hora gateando, un rayo de luna se filtró en el túnel por un hueco. Los dos hombres salieron al aire de la noche. Jaime miró alrededor y vio setos y árboles frutales.

—Pablo me advirtió de esto—dijo Javier fríamente—. Dijo que la fortaleza estaba rodeada de jardines infestados de policías.

—Pues yo no veo ninguno—contestó Jaime, escudriñando el horizonte.

—Bueno, ya nos da igual. Tú echa a correr hacia la salida o estarás muerto en pocos minutos.

Javier se lanzó a la carrera como alma que lleva el diablo. Jaime intentó alcanzarle, pero su compañero le llevaba bastante ventaja. Aun así, no se desesperó y continuó corriendo con la esperanza de salir por fin de Cronópolis.

Se pasó todo el camino soñando en su nueva vida, lejos de aquella prisión. Por este motivo, cuando los disparos rasgaron el velo del silencio nocturno, Jaime, desprevenido, cayó rondando por una cuesta que acababa en una rosaleda.

Se quedó aturdido durante unos momentos. Entonces, cuando la cabeza dejó de darle vueltas, trató de poner orden a los acontecimientos: ¿Quién les había disparado? ¿Significaba que los habían descubierto? ¿Javier estaba herido? Este último pensamiento le hizo erguirse y mirar a su alrededor, asustado. A su izquierda, una muralla de pinos ocultaba la fortificación que hacía las veces de prisión. A su derecha y al frente había más rosales, y detrás un viejo puente de piedra, desgastado y agrietado, con cortinas de enredaderas a ambos lados.

Sobre el puente, cuatro policías oteaban el terreno, buscando algo o a alguien. De espaldas a los policías había un arco de piedra de tres metros de altura que brillaba: era la salida de aquel infierno. En ese momento, por el otro extremo del puente apareció Javier. Los cuatro agentes dispararon a la vez. El preso esquivó dos de las balas. La tercera le rozó la oreja izquierda. Pero la cuarta bala le costó la vida: se desplomó en el vacío.

—Bajemos a por el cadáver—dijo uno de los policías. Después señaló a otro—. Carretero, quédate aquí por si acaso, aunque los presos siempre van juntos cuando intentan escapar.

Así que tres de los policías se alejaron por un sendero y el tal Carretero se quedó solo en el puente. A pesar del peligro que corría, Jaime abandonó su escondite entre los rosales y echó a correr. Logró esquivar al policía, al que tiró al suelo.

—Escúchame: yo no quiero matar a nadie—jadeó Jaime—. Así que déjame salir de aquí y seguirás con vida.

Carretero, como respuesta, lanzó su arma por el pretil. Entonces el preso galopó hacia el arco. Pero antes de que lo cruzase, el policía dijo con voz áspera:

—Escúchame bien, chaval… Si sales de aquí, te arrepentirás—sus ojos brillaban con crueldad—. Sé que te encerraron en 2026 por el asesinato de David Carrasco...

Sin detenerse a escucharle, Jaime cruzó el arco. Fue como cruzar una cascada: un peso cayó sobre sus hombros mientras traspasaba una masa líquida helada. Repentinamente se encontró en una ciudad muy cambiada, empezando por la fecha que figuraba en los relojes: año 3001. Experimentó cómo todo su cuerpo se descomponía… Antes de desaparecer, había comprendido el significado del nombre de aquel lugar: Cronópolis.

 
 
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