XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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La memoria no olvida
Rocío Pérez-Miranda, 14 años
Colegio Puertapalma (Badajoz)

Ese día Carlos tenía mucho trabajo pero aun así se paró unos minutos, justo cuando se ponía el sol en su pequeño escritorio de la buhardilla, para corregir las redacciones de sus alumnos más pequeños. Debían describir un sueño o un recuerdo. Aquellos escritos tenían todo el encanto de la sencillez y por eso le gustaban. Sin embargo, al ver en el montón una redacción de una hoja completa le entró mucha curiosidad, pues no solían pasar de media página. Comenzó a leerla.

Su sorpresa fue en aumento a medida que avanzaba en la lectura. Decía así:

«La casa sin muros tenía mucha luz naranja dentro y la señora que había en su interior estaba dormida y sucia, muy sucia. Fuera, un coche se empezó a mover y mucha gente se quería montar. Corrían detrás, pero el coche no se paró, porque estaba lleno».

Lo que seguía a continuación dejó a Carlos con la boca abierta: ¿qué le habría ocurrido a aquel pequeño de siete años?

Pablo, el autor de aquella redacción, no llamaba la atención entre los alumnos de la clase. Sus rasgos denotaban su ascendencia extranjera, pero hablaba castellano a la perfección y, que él supiera, siempre había vivido en Getafe. Aún no había tenido una tutoría con sus padres y pensó que quizá había llegado el momento de hablar con ellos.

Los citó al día siguiente. Los padres del pequeño parecían preocupados, de modo que lo primero que hizo fue tranquilizarles, asegurándoles que Pablo no había hecho nada malo. Les entregó la redacción para que la leyeran y el padre, cuando llegó al punto y final, esbozó una sonrisa.

—Entendemos que se haya sorprendido, pero no se preocupe. Pablo no es nuestro hijo, sino nuestro sobrino. Mi hermana estaba en Siria, nuestro país natal, cuando Pablo nació. Por aquel entonces, mi mujer y yo habíamos conseguido los papeles para vivir aquí e intentábamos traer a toda la familia a España. Pero antes de que lo consiguiéramos hubo un gran bombardeo sobre nuestra ciudad, Damasco, y mi hermana murió. Alguien consiguió meter a Pablo —cuyo verdadero nombre es Kawa— en un convoy de rescate. Desde los dos años y medio le hemos criado aquí, aunque no hemos querido contarle nada de lo que ocurrió en Siria. Lo que me llama muchísimo la atención es que describa en esta redacción lo que seguramente vivió él durante el ataque.

Aquella noche, Carlos no conseguía dormir pensando en el pobre Pablo, que tan pequeño había pasado por situaciones que nadie —ningún adulto, y mucho menos un niño— debería verse obligado a sufrir.

 
 
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