XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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La enfermedad
Rosario Martínez, 12 años
Colegio Vilavella (Valencia)

Me desperté y habías desaparecido. Pese a que todas tus cosas seguían en casa, tú ya no estabas. Se notaba en la habitación medio vacía de matrimonio y en que faltaban galletas en la despensa.

Nadie se dio cuenta de tu pérdida. No estabas y nadie quería saber nada.

Una mujer lloraba a mi costa. No recordaba su nombre y su cara me resultaba familiar. Sus llantos aparecieron en casa como una enfermedad muy contagiosa: se fueron pasando por todos los que la habitaban.

No estabas.

Y ahora tus cosas tampoco. Tu mesa de trabajo no tenía las carpetas ni estaba desordenada, ya que no había nada que desordenar, puesto que estaba vacía.

Se lo habrían llevado, como a ti. Tal vez no sabías lo que hacías. No sabías que podías hacer mucho daño desapareciendo de repente. Sin avisar. Sin decirme nada. Creía que éramos amigos. A un confidente no se le traiciona de ese modo.

Los hilos que nos unían desaparecieron cuando leí una carta; ahí fue cuando la enfermedad de esa pobre mujer me llegó a mí.

Los ojos se me humedecieron y lloré. Lloré más que en mi vida, pero a ti ya no te importaba, porque no estabas. Ahí me di cuenta de que no habías estado durante mucho tiempo, que la distancia no es lo único que separa a las personas, que incluso estando abrazados no estabas.

Y eso fue la causa de la enfermedad. Una enfermedad que no se cura con la medicina. Me habías traicionado. Yo confiaba en ti.

La tristeza no existía si tú te encontrabas cerca. Pero es obvio que no se puede detener una enfermedad sin cura.

No, no había ningún tipo de dolor parecido a aquel. Era un dolor interior que mataba por dentro.

Y tú sabías que llegaría el momento en el que se manifestaría aquella enfermedad. Tú eras esa enfermedad.

Te ocultabas disfrazado de guerrero, sabiendo que la guerra eras tú. Estabas como una pared, no me dejabas ver qué había detrás de ti. Fue terrible porque llegó el día que esa pared se derrumbó, dejándome ver el mundo que me habías escondido. No pudiste evitarlo. Mejor dicho, no quisiste evitarlo.

Tiempo después volviste con miedo a casa. Te temblaban las manos cuando empezaste a hablar con cada uno. Te disculpaste y les prometiste que no te alejarías nunca más.

Pese a las consecuencias que tenía, lo hice: te perdoné. Pero el perdón no hace que olvidemos. Porque aunque no volvieras igual que como te fuiste, volviste. Eso es lo importante.

 
 
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