XIII Edición  |  Curso 2016-2017
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El “adultescente”
Silvia Marcé, 16 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

Francisco era lo que algunas personas llaman «adultescente». Con su propio coche, apartamento y puesto de trabajo, se le podría considerar un adulto maduro, hecho y derecho, pero si lo conocías bien no podía distar más de serlo.

Tenía varios grupos de amigos, de modo que ninguno terminaba de conocer su vida por completo, aunque uno de sus más íntimos era Luis. Luis, casado y con un hijo en camino. Luis se asombraba ante la inmadurez mental de Francisco, que asistía a distintas fiestas, consumía varios tipos de droga y estaba con numerosas chicas, pero sin comprometerse con ninguna. Tanto se asombraba Luis que una mañana de abril no pudo aguantar más la intriga y se dirigió a su amigo:

—Francisco, tengo una duda sobre ti: vives como si aún tuvieses dieciséis años, pero casi rozas los treinta y siete. ¿Nunca has pensado en casarte y formar una familia?

Francisco le miró con sus ojos azules y burlones.

—Esa vida que me propones es una farsa —le respondió—. Los hijos son una carga, el matrimonio una prisión y la familia un gasto. Lo siento, pero nunca llevaré la vida que llevas tú.

—Pero, ¿y si te enamorases? Y si...

Esta vez los ojos de Francisco llamearon con enfado.

—Luis, ¡déjalo! Nunca jamás querré a una mujer para algo más de lo que las quiero ahora, nunca le diré a ninguna que es lo más importante de mi vida, que la quiero más que a nada y que nunca me separaré de ella.

Dicho esto, Francisco cerró la puerta de su lujoso apartamento de un portazo y Luis volvió a su casa con un amigo menos.

Sin embargo, quién iba a decirle a Francisco que nueve meses después, la lluviosa víspera de Navidad, una tímida llamada a su puerta le cambiaría la vida. En la soledad de una noche más, se dispuso a echar de mala manera a quien creía que era su pedante vecino cuando, al otro lado de la puerta, se encontró a una joven. La recordó vagamente de una fiesta a la que asistió la primavera anterior, pero no la había vuelto a ver. Aquella era su filosofía: nunca volvía a encontrarse con las chicas a las que cortejaba.

—Hola —la saludó con cierto asombro.

Ella estaba mojada por la lluvia y traía en sus brazos un bulto pequeño.

—No sé si te acordarás de mí; soy Emma. Yo..—dudó—. He tardado bastante en venir a decirte... Creí que podría hacerlo sola, pero… No puedo. Así que... Esta es tu hija. Me gustaría que te ocupases de ella.

Francisco abrió los párpados y miró al bebé.

«Mi hija». Aquello le sonaba a palabras extrañas.

La tomó con las manos y estaba a punto de devolvérsela a la madre con una mueca de repugnancia, cuando el bebé le mostró los ojos, azules como los suyos, y le sonrió con unos labios burbujeantes.

Perdido en esos ojos luminosos, Francisco se encontró a sí mismo diciendo:

—Eres lo más importante de mi vida, te quiero más que a nada y nunca me separaré de ti.

 
 
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