XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Hermoso y fugaz
Carmen Bilbao, 17 años
Colegio Ayalde (Vizcaya)

Cuando me nombran, subo al escenario. El público me regala una ovación. Me siento en la banqueta y coloco mis dedos sobre las teclas del piano. Solo tengo una oportunidad; no puedo cometer ningún error. Esa es la gracia de actuar en directo frente a una audiencia.

Tocar el piano en público es un arte completamente distinto al resto de las artes. No es comparable con grabar una canción o pintar un cuadro, por ejemplo; va más allá. Escribir, pintar o esculpir son artes que una vez se plasman, se mantienen. Los cuadros y las esculturas podemos verlas cuantas veces queramos en museos e iglesias, siempre están ahí para mostrarse al público. Sin embargo, actuar (ya sea tocar una pieza con un instrumento, bailar, cantar o interpretar una obra de teatro), es un arte hermoso pero fugaz. Existe para ese momento y es imposible repetir una representación.

Es por esto que su elaboración conlleva mucho más tiempo que el resto de artes: un pequeño fallo puede decepcionar a la audiencia. De ahí que muchos artistas suban al escenario con tensión, temiendo no llegar a la excelencia con su obra. Esta tensión, sin embargo, también nos ayuda. Tras pasar los primeros compases, movimientos o líneas, sientes un alivio que te ayuda a seguir hasta el final, seguro de nuestras capacidades.

La tensión disminuye a medida que avanza la obra. Solo cuando uno llega a los últimos momentos siente la euforia y la pasión por lo que está a punto de culminar. La lluvia de aplausos es la recompensa por todo ese duro trabajo de preparación y ensayo. Cuando el actor pronuncia la última palabra, cuando el bailarín realiza el último movimiento, cuando el músico toca la última nota, aunque el público nos ovacione en pie, los artistas nos damos cuenta de que actuar es una experiencia más para uno mismo que para la audiencia.

 
 
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