XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Eva Najas, 16 años
Colegio Zalima (Córdoba)

Nunca he creído en la suerte y mucho menos en que las cosas pasen porque sí; pienso que si de verdad deseo algo, debo luchar por ello y, aún más importante, no darme por vencida. Algunos llamarán a eso tozudez; a mí me gusta llamarlo perseverancia. Soy exigente, sobre todo conmigo misma. Jamás me he conformado con lo ordinario. Mis aspiraciones siempre han sido altas. Demasiado, podría decirse. Y, tal vez, ese ha sido el problema: siempre he soñado a lo grande.

—¿Qué te gustaría ser de mayor? —nos preguntaron de pequeños.

Recuerdo a mis compañeros de la escuela levantando la mano con entusiasmo, para ser los primeros en contestar, como si aquello que dijeran a los demás nos fuese a dejar anonadados. Unos querían ser futbolistas, otros cantantes, astronautas, veterinarios... Algunas respuestas eran más realistas y otras no tanto, pero al fin y al cabo ya tenían una meta. En mi caso, dije que no lo sabía. A lo que me contestó la profesora:

—Podrás ser aquello que quieras.

Si bien ese día aún no sabía a lo que me iba a dedicar cuando fuera mayor, saqué en claro una cosa: quería tener éxito, convertirme en alguien importante, hacer grandes cosas. Sin embargo, tan solo era una niña con sueños por cumplir y bastante ingenua. Me dijeron que podía conseguir todo lo que quisiera, pero, ¿era el querer suficiente para lograr aquello que me propusiera?

Hay muchos tipos de miedo: algunos temen a las arañas, la oscuridad, los insectos... Otros al rechazo, la muerte, el amor… No pensé que pudiera sentir miedo, pero ¡estaba tan equivocada! ¡Qué ignorante! Creí vivir en un mundo en el que había igualdad de oportunidades. Mas, al parecer, todo era una ilusión, una burbuja que yo misma había creado. Cuando explotó, hizo que me diera de bruces con la realidad: no todos podemos ser lo que quisimos, porque querer no cambia nada, o, al menos, no sin trabajo y dedicación.

Nadie ha conseguido cumplir sus metas sin esfuerzo. La igualdad de oportunidades para las personas de raza negra no desapareció gracias a que hubiera líderes que se quedaron sentados sin hacer nada, tan solo deseando su abolición y quejándose de su existencia, sino gracias a personas como Martin Luther King o Nelson Mandela, que se rebelaron contra la discriminación y lucharon contra ella. Eso fue lo que marcó la diferencia entre querer ser y llegar a ser: no rendirse.

Sí, es cierto: quien se arriesga puede perder. El mismo Nelson Mandela pasó cuarenta años encarcelado, y a Luther King lo asesinaron. Pero, incluso a pesar de la muerte, no se dieron por vencidos.

Nunca he creído en la suerte, ni en que las cosas pasen porque sí. No quiero ser otro peso muerto en el mundo, otro ladrillo en el suelo, quedarme sentada arrepintiéndome de aquello que tuve la oportunidad de hacer y al final no hice. Quiero cambiar las cosas y subirme al vagón de mi tren.

 
 
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