XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Ruido
Lucía Acín, 16 años
Colegio Canigó (Barcelona)

Fue un movimiento brusco, un tirón, un descuido… Cuando vi que el cable estaba partido, comprendí que aquello no tenía arreglo. Se me cayó el alma a los pies junto a mis auriculares rotos.

Como eran las siete de la mañana de un lunes, me hice a la idea de que había empezado la semana con mal pie, que se había pintado de negro al no poder escuchar las canciones de Queen de camino a clase. Me esperaba una hora de trayecto, sola y en completo silencio. Me planteé, consumida por la autocompasión, que quizá me moriría de aburrimiento. Minutos más tarde estaba sentada en el tren, camino de Barcelona. Apoyé la cabeza en la ventanilla y observé el vagón. Entonces empecé a darme cuenta de cosas que hasta entonces me habían pasado desapercibidas. En primer lugar, de un murmullo que provenía del asiento de delante. Lo causaba un chico que repasaba sus apuntes con una expresión de angustia. En las plazas de enfrente tenía a un matrimonio de ancianos que viajaba en silencio, haciéndose compañía. Un poco más lejos, una madre llevaba a su hija de la mano y a un bebé en un carrito. El pequeño dormía tan profundamente que creo que todos los pasajeros hubiéramos deseado ser él. Y así mis ojos se fueron posando en una persona y otra. Entonces me di cuenta de lo que me había perdido durante tanto tiempo. Aquello era como leer un libro donde cada uno, de una manera u otra, te explicaba su historia. ¡Y yo lo había mantenido cerrado hasta que no me había quedado más remedio! Escuché sus voces, me fijé en cómo las puertas se abrían y cerraban dando paso a nuevas personas. Cada una al entrar sumaba una vida llena de experiencias, de aventuras y recuerdos a mi vagón. No pude menos que sonreír. Ha pasado un mes desde entonces y he tenido tanto tiempo para reflexionar que mi concepto del silencio ha cambiado. Es más: he decidido, por el momento, no comprarme unos auriculares nuevos, pues sin la música incesante en mis oídos soy capaz de admirar lo que me rodea y apreciar su belleza. Antes necesitaba un ruido constante en la cabeza, a todas horas. Ahora comprendo que el silencio no es aterrador.

A partir de esta experiencia, he recordado a una profesora de dibujo que tenía hace unos años, a la que le pedíamos música mientras pintábamos. Ella nos insistía siempre —y su tono variaba desde paciente hasta exasperado—, que «la mejor música es el silencio».

 
 
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