XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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A por la bandera
Alfonso Martínez Gayá
Colegio El Prado (Madrid)

El silencio aplastaba la pradera. El sol, que caía a fuego, había secado la hierba. Tumbado entre los cardos, Manuel escuchó el canto repetido de una chicharra.

«Si canta, es que no hay enemigos cerca», pensó.

Al elevar la mirada, sin embargo, sintió cómo una bala pasaba junto a su cabeza.

Permaneció un rato pegado al suelo, hasta que la chicharra reanudó su canto. Entonces apretó el fusil con las manos y tanteó el gatillo. Si se arrastraba hasta un matojo de hierbas, podría esconderse y otear la posición de los soldados enemigos.

Nunca había sentido tanta tensión. Un solo movimiento equivocado podría delatar su escondite. Juntó el índice y el dedo corazón para hacerle una señal a uno de sus compañeros, que estaba parapetado detrás de un vehículo, para hacerle saber dónde creía que se había escondido el enemigo. La pintura de la cara y la tela de camuflaje que su colega llevaba sobre los hombros le hacían invisible. Manuel también se había pintado la cara, con un trazo ancho de color pardo.

Dándose un impulso, se levantó y echó a correr. Las balas le pasaban silbando a uno y otro lado del cuerpo. Aunque el miedo se apoderó de él, apretó los dientes y siguió corriendo.

Llegó hasta su compañero. Detrás del coche se sitió seguro, aunque no por mucho tiempo. Las balas impactaban contra el vehículo. Necesitaba dejar la mente en blanco para poder tomar decisiones, para lo que puso en práctica una técnica que le había enseñado su padre hacía mucho tiempo: inspiró, expiró, cogió un puñado de tierra, la apretó… El miedo, la tensión y el cansancio desaparecieron. Había llegado el momento y lo sabía.

Con una mirada le dijo todo a su compañero. Se levantaron y comenzaron a disparar contra el tirador enemigo, que cayó al suelo.

Avanzaron, ya sin moros en la costa, hacia su objetivo. De pronto, sin previo aviso, una bala derribó a su compañero. No era el momento de lamentarse; tenía que conseguir la bandera del otro ejército o el sacrificio de su amigo habría sido en vano.

Se tapó detrás de unos barriles herrumbrosos. Una bala golpeó contra una de aquellas defensas. Él seguía sin saber desde dónde le disparaban, lo que aumentó su desconcierto. Desde allí no lograba ver la bandera, que estaba cerca, a unos pocos metros a la derecha. Solo tenía que zafarse del tirador para alcanzarla, lo que significaría la victoria.

No podía pensar en otra cosa: el triunfo en aquella batalla estaba a su lado. «Un, dos, tres…», contó y se lanzó a correr. Tuvo una sensación extraña, como si el tiempo estuviese pasando a cámara lenta. Sentía los latidos desbocados de su corazón, que parecía que se le fuese a salir del pecho, y tenía la frente perlada de sudor.

Sintió una punzada en la cabeza. Entonces unos goterones de rastro amarillo le cruzaron el rostro. «¡Me han dado».

Salió su rival a campo abierto y se le acercó.

—Menos mal que es pintura, pero cómo duele… —se quejó el herido—. Casi me vuelas la cabeza.

Entonces sonó un silbato: la primera partida de paintball había finalizado.

 

 
 
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