XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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El barón
Antonio Rubio, 17 años
Colegio Mulhacén

Ite missa est —entonó el sacerdote.

Deo gratias —respondió un hombre.

El cura entró en la sacristía seguido por el anciano sacristán. Mientras, el hombre permaneció de pie ante el altar.

—¡Menudo cambio el del señor barón, padre! —comentó el sacristán mientras guardaba el cáliz y la palia en un cajón de una cómoda maciza—. Antes ni pisaba la iglesia. ¿Lo recuerda?... Paseaba altanero por la plaza con sus mejores galas, sin acercarse al templo. Pero ahora que solo tiene una camisa, viene todos los días.

—No le critiques, Martín; deja que Dios le ayude a aliviar su carga.

—Poco le ha importado Dios al barón —contestó el anciano—. Y sus vecinos, menos aún. Ahora los saluda amigablemente, pero no hace mucho ni siquiera se dignaba a mirarles a la cara. ¡Ay!… La necesidad obliga a cambiar los hábitos hasta al más canalla.

—Te he pedido que no murmures —le recordó el cura.

—¿Qué quiere que le diga? Yo soy pobre, pero honrado. Sin embargo, el barón no pagaba sus deudas, alegando que dignándonos con su presencia era suficiente. Pero llegó el corregidor y entonces supimos que el viejo barón se había llevado buenos puñados de monedas de los tesoros que llegan de las Indias.

—Sabes que aquello fue mentira, una venganza por parte del corregidor.

Ambos recordaban el día en el que llegó una compañía de alabarderos que tomó preso al barón para llevarlo a la capital, donde dio cuentas al rey Carlos. Allí fue condenado a cadenas y mazmorra, así como a renunciar a su título a favor de su sobrino, al que también tuvo que legar su casa-palacio y los demás bienes de su hacienda. Fue después de cumplir con la justicia que regresó, caminando desde Madrid, sin saber cómo podría subsistir sin conocer oficio ni beneficio, allí donde solo le profesaban odio y rencor.

El sacristán dejó al cura en la sacristía y atravesó el templo en dirección a la puerta principal.

«Me juego el pescuezo a que va a esperar a la siguiente misa. ¡Menudo haragán!», murmuró para sí mientras observaba al barón embutido en rasgados harapos.
Al salir del templo, vio a un grupo de vecinos que se dirigía a la taberna que se encontraba enfrente.

—¡Andrés, viejo! ¿Cómo lleva la vida? —le preguntó Salvador, el verdulero.

—Como siempre: el cura dando misa a las paredes y al barón.

—¿Es que se ha hecho muy religioso ese muerto de hambre?

-No lo creo, pero todos los días escucha varias, se confiesa y comulga. Si viéseis cómo viene al templo…

—Lo dejaron bien pelado, ¿eh? —dijo otro.

—Listo de papeles. No ha de durar mucho más. De obleas no vive el hombre —apuntó uno de ellos con una sonrisa dibujada en la cara—. Lo peor es que no hace nada para salir de la indigencia. Como no ha doblado la espalda ni para ponerse los zapatos…

—Hace unos días vino a comprarme unos nabos, ¡y se los quería llevar sin pagar! El muy cretino decía que por el aprecio que me tenía. Cuando me negué, se acordó de mis ancestros godos y me relató la misma letanía de siempre.

—Que si su abuelo fue Grande de España, que si el bisabuelo de este había luchado contra los franceses, que si el de más allá había conquistado no sé qué castillo a los musulmanes... ¡Como si eso le fuera a dar el pan de cada día! —comentó otro.

—Pero si se atreve a exigirle escudos al pobre Augusto, el mendigo de la iglesia de San Lázaro. Le asegura que ese dinero le corresponde, puesto que su ancestro era el cobrador del portazgo —dijo el verdulero—. ¡Valiente sinvergüenza! ¡Aprovecharse del pobre Augusto, que no tiene donde caerse muerto! —exclamó indignado.

—No sabía que tuvierais tanta simpatía por el pobre Augusto —comentó el sacristán.

Antes de llegar a la taberna se cruzaron con el corregidor real y su mujer, quienes no se molestaron en saludarles. Iban engalanados a la nueva moda francesa, que imponía pelucas rizadas y rostros empolvados. Atravesaron la plaza de la iglesia y llegaron a otra contigua, en la que se encontraba su residencia, un edificio moderno construido sobre un antiguo corral de vecinos. Cuando enfilaron hacia la puerta, un hombre asaltó a la pareja.

—Muy buenos días, señor. Mis mejores deseos para usted, señora —se inclinó el barón, del que emanaba un terrible olor.

—Buenos días, señor barón —contestó la mujer—. ¿Podemos ayudarle en algo?

—Bueno, lo cierto es que quería sugerirle algo a su esposo —respondió el viejo noble.

—Todo lo que concierne a mi esposo me concierne a mí. Hable sin titubeos —señaló la dama, que recordaba el palacio del barón, engalanado por su cumpleaños, cuando invitó a la flor y nata de la nobleza capitalina. Ellos acababan de llegar a la villa, de la que su esposo había sido nombrado corregidor real, al que el barón no consideró digno de mezclarse con la nobleza. Fue entonces cuando el corregidor le denunció falsamente ante el rey de apropiarse de parte del dinero de las Indias.

La mujer sonreía mientras analizaba cómo habían cambiado las tornas.

—Sea —respondió el barón—. Querría saber si podría hacerme usted un favor.

—Hable —respondió el corregidor, casi sin inmutarse.

—Verá, sé que tiene usted contactos con la Corte, y me gustaría saber si podría solicitarles la devolución de mis bienes.

—Lo siento, pero su caso fue juzgado por el rey y sus mandatos son inamovibles. Y aunque quisiera, no sería de mi gusto ayudar a quien tan gravemente me faltó. Parece que lo ha olvidado —hizo una pausa ante el barón, visiblemente irritado—. Si no tiene más insultos que proferir que su simple vestimenta, le dejamos. Buenas tardes.

Le dejaron solo, debatiéndose en una lucha interna entre la furia y la impotencia. Cuando tañeron las campanas del mediodía, el barón rompió a llorar. Estaba cansado; no había comido y su estómago se encargaba de recordárselo. Abandonó la plaza, y descendió hasta el extrarradio de la villa. Ya fuera del recinto amurallado, anduvo por la ribera del río hasta un antiguo local de postas, donde se encontraba refugiado. El viejo noble cogió entonces una faltriquera en la que tenía un poco de pan duro y un trozo de queso mohoso, que ya había empezado la noche anterior. En cuanto los sacó, los devoró sin miramientos, sin pensar en controlar sus ansias para aumentar la duración de los alimentos. Ya nada le importaba, solo comer y dormir, dormir hasta encontrarse unas manos que le ofrecieran misericordia.

 
 
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