XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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El comedor
Carmen Badía, 16 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

Era una tarde de sábado fría e invernal. Por las calles, de las que pronto comenzarían a quitar la decoración navideña, paseaba la gente.

Por una callejuela luminosa caminaba Diana. Aunque solo tenía diecisiete años, se sabía consciente de lo necesario que era que hubiera gente generosa y dispuesta a entregar su tiempo libre a los demás. Por esa razón, su colegio la había animado -a ella y a sus amigas- a trabajar como voluntaria en un comedor social. Era hacia allí donde se dirigía.

Como le sobraba algo de tiempo, se paró a curiosear el escaparate de una tienda en el que las figuritas de un portal de belén en miniatura se movían con bastante gracia.

—Bonito, ¿verdad?

Diana, ensimismada por la ternura de semejante espectáculo, no se había percatado de la presencia de un vagabundo, que la miraba esperando su respuesta. Pero ella no le respondió; es más, se apartó con desconfianza y se encaminó apresuradamente hacia el comedor.

Cuando llegó, se reunió con sus amigas y les contó su encuentro con el vagabundo y el susto que se había llevado. Todas se rieron y se burlaron de la actitud de aquel hombre, que seguramente, sin mala intención, había mencionado la belleza del belén.

Llegó Rocío, la encargada de la organización del comedor, para repartir las tareas entre las voluntarias. A Diana le tocó recibir a los comensales, a los que fue sentando ordenadamente en las mesas. Cuando ya no quedaron sitios libres, se acercó a Rocío para que le asignara otra tarea.

Por la puerta del comedor hizo entonces su aparición el vagabundo del belén. Diana, que estaba dispuesta a decirle que no quedaban plazas en ese turno, se quedó con la palabra en la boca cuando Rocío le saludó:

—Buenas noches, Jose. Me alegro de verte. Hoy te toca lavar los platos, que llevas muchos días sirviendo la comida.

—Lo que tú me digas, Rocío —le respondió sonriente—. Puedo quedarme a ayudar también en el segundo turno

Acto seguido, tal y como le había indicado la encargada, entró en la cocina.

Diana, avergonzada, pensó que quizás debería dejar de juzgar a la gente por su apariencia, porque detrás del aspecto de cada uno, hay mil historias que nadie es capaz de imaginar.

 
 
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