XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Santi y la fábrica de chocolate
Covadonga Alguersuari, 16 años
Colegio La Vall (Barcelona)

Hacía más de veinticinco años que la señorita López trabajaba como dependienta en la biblioteca municipal del barrio. Al acercarse su jubilación, había decidido contratar a una nueva bibliotecaria para sustituirla.

Hacía un año que Elena se había licenciado como periodista. Durante ese tiempo no había conseguido un trabajo. Por eso se interesó por la oferta de empleo que la señorita López colgó en el tablón de anuncios de la biblioteca. Además de espabilada y buena chica, Elena era una gran aficionada a la lectura, lo que agradó a la vieja bibliotecaria, quien se convenció de que aquella era la persona adecuada para el puesto. Un mes después, Elena comenzó a trabajar.

El primer día le sorprendió un niño de unos diez años, que vagaba desde hacía un buen rato por los pasillos. De pronto le vio alzarse sobre las puntas de los pies y apoyarse en las estanterías para coger un libro que, apresuradamente, se escondió en el interior de su chaqueta. Al verlo, Elena avanzó hacia él. Agarrándolo del brazo, le ordenó que devolviera el ejemplar. Cuando leyó el título —“Charlie y la fábrica de chocolate”—, Elena sintió la necesidad de soltarle y, sin entender el motivo que la empujaba a actuar así, le susurró al oído que cuando acabara de leérselo, se lo devolviera. Pero la señorita López, que había visto la escena, lanzó un grito.

—¡Ladrón!... —rompió el silencio del lugar—. Ese pilluelo nos ha vuelto a robar… ¿Cuántos tienes en tu casa, sinvergüenza? —había llegado dando unas cuantas zancadas y enganchó al niño por una oreja—. Eres la ruina de esta biblioteca —. Y arrancándole la novela de las manos, se dispuso a encerrarlo en su oficina.

Elena, que entendió lo importante que debía ser aquel libro para el chiquillo, se interpuso entre ellos. Dirigiéndose hacia la mujer, le explicó:

—Señorita López, esto debe ser un malentendido; yo misma le estaba ayudando a escoger el libro —. Sin atender la expresión de incredulidad de la biblotecaria, prosiguió—: El pobre pensaba devolverlo nada más acabar de leérselo.

La señorita López lanzó una sonora carcajada. Llevándose hacia su despacho al pequeño, aún cogido por la oreja, gritó a la muchacha:

—¡Hoy ha sido su primer y último día como dependienta de esta biblioteca, señorita Elena! ¡Que no vuelva a verla pisando este recinto!

Santi solo quería leer. ¡Adoraba leer!... Hacía tiempo que se había releído todas las novelas de su casa (también las revistas y hasta los libros de cocina). Sentía que sus padres no se daban cuenta de su necesidad de lectura. Por eso había sentido alivio al haberse topado con la nueva bibliotecaria. Aunque ya no importaba: observaba con temor a la señorita López, que bufaba cada vez que telefoneaba a los padres de Santi y le saltaba el contestador. Después de un rato, se limitó a cogerle del brazo con rabia y echarlo a la calle.

—¡Que sea la última vez que te veo por aquí! —le amenazó.

Santi se encontró con Elena junto a un banco. Con una sonrisa pícara le mostraba “Charlie y la fábrica de chocolate”. El niño, agradecido, le dio un fuerte abrazo.

—Tú y yo sabemos lo que vale un buen libro —le susurró la joven.

 
 
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