XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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La visita
Eduardo Gómez, 17 años
Colegio Munabe (Vizcaya)

Samuel salió de su letargo al oír los pasos que se aproximaban. Se encontraba en un hospital de aspecto lúgubre, con las paredes agrietadas y de un color gris ceniciento. Que una de las lámparas parpadease continuamente le daba un toque aún más sombrío.

Levantó la cabeza y observó al hombre que se encontraba frente a él. Era corpulento y calvo, con un rostro serio que no dejaba entrever ningún tipo de sentimiento. El hombre estaba absorto en la lectura de un informe, seguramente la historia clínica de algún paciente. Cuando acabó, se dirigió a Samuel:

—Ya puedes pasar.

Samuel se levantó del banco, pasó junto al hombre y se dirigió a la única habitación que tenía la puerta abierta. Desde una ventana pudo observar el interior de la estancia. La decoración pretendía dar un toque alegre, pero con el tiempo se había deteriorado. En una cama se encontraba un hombre de unos sesenta años, con todo tipo de tubos que conectaban su cuerpo a las máquinas que le mantenían con vida.

Samuel sacó de su mochila un cuaderno en el que había escrito el discurso al enterarse del accidente. Lo abrió y lo leyó una última vez, aunque se lo sabía de memoria de tanto que lo había ensayado delante del espejo de su casa.

<<Ambos sabemos que, a lo largo de los años, me has hecho mucho daño. Durante mucho tiempo te odié por ello. Sin embargo, hoy he venido aquí para perdonar. Aún así, para poder perdonarte necesito que tú también me pidas perdón>>.

Resopló. Aún no estaba seguro de querer hacerlo, pero no había vuelta atrás; cogió aire y entró en la habitación. Se aproximó a la cama y esperó a que el hombre despertase. Al cabo de diez minutos se dio cuenta de que las cosas no iban bien, porque no había manera de que respondiera. Una enfermera le cambió el suero. Ante la cara de perplejidad de Samuel, ella contestó a la pregunta que él no se atrevía a formularle:

—Está inconsciente. Lleva así dos días y no mejora.

La enfermera salió de la habitación, dejando a Samuel solo con sus pensamientos. No se lo podía creer.

<<¡Todo este viaje para nada!...>>.

Pensó en las veces que se había imaginado ese momento, en el que por fin conocería las respuestas a todas sus dudas, especialmente la razón por la que había pasado toda la infancia sin un padre. Pensó en todo el dolor y en los malos ratos que su ausencia le había provocado.

Reunió valor para estrecharle la mano con fuerza. De pronto le inundó una ola de calor y alivio, pues su padre, débilmente, le devolvió el apretón.

 
 
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