XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Cuando se rompió la rutina
Ignacio Barbero, 15 años
Colegio El Prado (Madrid)

La vida de Juan seguía una rutina mañanera: A las siete de la mañana, el despertador empezaba a sonarle ininterrumpidamente durante cinco minutos; después, una ducha que empezaba a las siete y diez; más tarde, un desayuno que siempre constaba de un café templado con una tostada impregnada de aceite y una pizca de sal, y junto a las viandas la lectura del diario deportivo Marca. Por último, a las siete y cuarenta y nueve pedía por teléfono un taxi, que le llevaba hasta su oficina de detectives.

Pero una mañana todo fue distinto: el aullido de una ambulancia le despertó antes de tiempo. Juan se asomó a la ventana que daba a la Puerta de Alcalá, y vio cómo las autoridades se disponían a levantar un cadáver. Sin pensárselo dos veces, se vistió a todo correr, cogió su maletín y salió de casa dispuesto a resolver el caso.

Al llegar a la oficina, tomó asiento en su despacho. Su secretaria llamó a la puerta para dejarle la carpeta de los casos nuevos. Contenía una carta de la Policía con una oferta para colaborar en la resolución del asesinato en la Plaza de la Independencia. Le adjuntaba un fichero con los datos del fallecido, la ficha de la autopsia, sus cuentas bancarias y alguna información sobre su familia. Según la Policía, Damián López había muerto de un disparo de bala en la sien, entre las seis menos cuarto y las siete menos veinte de la mañana. El asesino no había dejado rastro y no había testigos del crimen.

Juan llamó al teléfono de su contacto en la Policía. Aceptó la oferta. Le convocaron a una reunión, en la que discutieron sobre los detalles de la carpeta. Siguiendo una recomendación del comisario jefe, Juan se presentó en el hogar del difunto. Llamó a la puerta y una mujer con el rostro cansado le invitó a pasar. Era la esposa de la víctima.

Mientras tomaban un café (conviene recordar que Juan no había desayunado en su casa), la viuda le reveló la relación casi inexistente entre Damián López y su hijo. Tras una comida familiar en la que discutieron, no se habían vuelto a ver. Cuando se despidieron, el detective le agradeció el rato que habían compartido y le prometió que la mantendría informada sobre los avances del caso. Cerró la puerta, y se fue hacia la agencia.

Al abrir la puerta de su despacho, escuchó una llamada desde el teléfono que estaba sobre su mesa de trabajo. Corrigó a cogerlo, con tan mala suerte que al golpearse contra una silla notó que algo se le caía desde el cinturón.

Sobre el suelo se encontraba la pistola con la que habían asesinado a Damián.

 
 
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