XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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La luna
María Flores, 18 años
Colegio Zalima (Córdoba)

Me acostumbré a sonreír a la luna, que conseguía iluminar el cielo oscuro por sí misma, sin ayuda de la estrellas. Aquello me recordaba a mi mujer.

En cuanto me enteré de que estaba enferma, no dudé en comprar una pequeña casa rural lejos de la ansiedad y el estrés de la ciudad. Un lugar apartado donde reinaban la naturaleza y la paz.

Sentí lástima al verla tumbada en la cama leyendo una revista. Había sido pura energía y carisma durante sus años anteriores. Ahora el único esfuerzo que se podía permitir era alargar el brazo para coger un vaso de agua de la mesilla de noche… Cuando ella me miraba, trataba de no mostrar ningún gesto de preocupación; sin embargo, a veces ella descubría mi expresión de pesar y me invitaba a sentarme a su lado en la cama.

Mi esposa deseaba que pudiéramos salir a dar paseos, sentarnos en el borde del muelle y ver las puestas de sol. Quería que volviéramos a ser dos jóvenes que exploraban el mundo. No quería admitir que no podíamos volver atrás en el tiempo.

Un día tuvo una crisis y la llevé al hospital. No me aseguraron su vuelta, pero tampoco su ingreso definitivo en la clínica. Me pidieron paciencia y yo cumplí. Regresé a la casa rural, me senté y reflexioné. Era más de medianoche y la luna me acompañaba reflejada en el lago. Entonces se me ocurrió una idea.

Mi mujer no tenía la suerte de contemplar el exterior tan bello que nos rodeaba, pero yo podía lograr que lo viese de alguna manera, como en una especie de espejo… el mismo que utilizaba la luna cada noche para sumergirse en el agua. Nunca me había considerado un pintor profesional, pero sí lo suficientemente bueno como para conseguir que las paredes de la habitación se convirtieran en un bonito bosque.

Tras duras semanas de espera, visitas y noches en vela, me llamaron del hospital y me dieron una gran noticia: se había recuperado, al menos provisionalmente. Yo sabía que su enfermedad era crónica y lo importante era que volvía a casa.

Cuando abrí la puerta se quedó asombrada al ver toda la naturaleza que cubría las paredes y no pudo contener las lágrimas. Y aquello no era todo: le había preparado una sorpresa más: quería compartir con ella la bonita costumbre que yo tenía de sonreír a la luna. Con aquella idea en la mente, había dibujado un cielo lleno de estrellas y una luna blanca enorme en el techo de nuestra habitación, que es de madera. Así, cuando alguno de los dos faltara, siempre tendríamos algo que nos recordaría al otro y nos arrancaría una sonrisa.

 

 
 
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