XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Más que un café
María Flores, 18 años
Colegio Zalima (Córdoba)

—¡Buenos días, Antonio! Puntual como de costumbre —el camarero le guiñó un ojo—. ¿Te pongo lo de siempre?

—Sí, por favor.

El camarero colocó el café con leche en la barra y continuó atendiendo al resto de los clientes. Antonio mojó sus labios para comprobar si quemaba y tomó un sorbo.

—¡Pero mira qué tenemos aquí! —volvió el camarero y colocó una nota a su lado.

—¿Qué es esto? —Antonio la miró con desdén.

—No me pongas esa cara, hombre…. Parece que tienes una admiradora secreta —y con un movimiento de cabeza le indicó al fondo del bar.

—Déjate de tonterías; no tengo tiempo para cosas de niños.

Pero Antonio miró hacia donde le había señalado el camarero y vio a una chica joven que le estaba sonriendo y le saludaba con una mano.

—Esto debe ser una broma...

Refunfuñando, se levantó del taburete para acercarse a la mesa donde se encontraba la chica rodeada de papeles, bolígrafos de colores, carpetas y una pequeña libreta. A la muchacha se le iluminó la cara cuando Antonio, ayudado por su bastón, se sentó junto a ella.

—¡Hola! Me llamo Cristina y estoy estudiando periodismo. Encantada de conocerle, señor...— tendió una mano.

— Antonio —se la estrechó—. Me llamo Antonio. ¿Qué es lo que desea, señorita?

—Veo que usted no se anda con rodeos… Pues mire, en el instituto nos han mandado escribir un relato que, por apasionante, capte la atención del lector —mientras hablaba le brillaban los ojos.

—¿Y quiere que yo le cuente una historia?

—De nuevo ha dado en el blanco, señor Antonio.

Cristina en ningún momento dejaba de sonreír, a pesar del desánimo que mostró aquel hombre.

—Me gustaría que me contara la historia que hay detrás de ese café que se toma cada mañana. Verá, soy cliente habitual de este bar y me he fijado en que siempre pide el café con la misma frase y que el camarero, nada más verle entrar por la puerta, ya sabe lo que desea. Es más, incluso comienza a prepararlo cuando le ve venir a través de los ventanales —hizo una pausa, pensativa, y continuó—. Todo esto me lleva a pensar que en un elemento tan cotidiano como una taza de café pueden ocultarse unas cuantas historias. Señor Antonio, si no es demasiado pedir, ¿querría usted compartir conmigo alguna de ellas?

Pensó que la chica se había vuelto loca, pero, sin quererlo, a Antonio le llegaron imágenes de su juventud: las conversaciones de fútbol con su padre; los encuentros con sus compañeros de facultad para hablar de las asignaturas, de chicas y de política; los momentos en la terraza con su mujer, sus hijos y sus nietos... todo ello siempre acompañado por un buen café con leche. «Lo de siempre» que le servía el camarero, era más que una bebida, porque venía asociada a muchos recuerdos buenos. Cada sorbo podía transportarle hasta pequeños fragmentos de su vida, más allá del hundimiento tras el fallecimiento de su mujer.

Entonces su boca dibujó una sonrisa. Cuando se dio cuenta de ello, cayó en la cuenta que hacía mucho que no realizaba ese gesto.

Escuchó el clic de una cámara. Cristina le había sacado una foto, aprovechando ese instante en el que el hombre gruñón y sin demasiado interés por nada había mostrado su lado más humano.

—Señor Antonio, si me lo permite, me encantaría que fuese usted el protagonista de mi historia. Se titulará...

—“Más que un café”.

 

 
 
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