XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Estrellas de papel
María Natalia Potugal, 14 años
Colegio Nuestra Señora del Pilar (Arequipa, Perú)

Una pequeña de apenas seis años perdió a su madre. Aquella ausencia la convirtió en una niña triste y solitaria. Su padre, que hasta entonces había sido un hombre risueño, ahogó la pena en el trabajo: apenas pasaba tiempo con su hija.

Una noche la niña tuvo un sueño, en el que un muchacho vestido de blanco le enseñó a hacer estrellas de papel. «Si llegas a fabricar mil estrellas como esta», le indicó mientras le ponía aquel delicado objeto entre sus pequeñas manos, «te concederé un deseo».

Se despertó y confeccionó una estrella tal y como le había enseñado el misterioso muchacho. A pesar de que después de haber anhelado el regreso de su madre había dejado de creer en que los deseos pudieran hacerse realidad, como hacer estrellas disipaba su tristeza, decidió que fabricaría una nueva cada vez que se sintiese sola, y las iría depositando en un tarro.

Fue pasando el tiempo. La niña creció hasta convertirse en una señorita. Por desgracia, su tristeza y soledad la habían acompañado durante todo ese tiempo, hasta tal punto que logró fabricar las mil estrellas exigidas por el personaje de su sueño infantil.

Salió al balcón y empezó a llorar mientras gritaba:

—¿Dónde estás, misterioso muchacho de blanco?

Cualquiera que en ese momento hubiera levantado la vista hacia el cielo nocturno, habría visto pasar una estrella fugaz. Pero a los ojos de la chica se formó un haz de luz que, desde las alturas, fue a parar al tarro. Y ante ella apareció el chico. Ella notó que para él no había pasado el tiempo.

—Hola —le saludó, obligándola a salir de sus pensamientos—. He vuelto para cumplir tu deseo.

—¿Has adivinado cuál es?

—Ven conmigo y podrás dejar atrás esta vida que te hace tan infeliz —el muchacho sonrió, sin responderle—. Allí no volverás a sentirte sola, ni triste ni invisible para los demás. A cambio, deberás abandonar este lugar para siempre.

Ante la sorpresa del joven, ella sonrió. Si bien hasta hacía un momento había creído que necesitaba al muchacho para que la rescatase de sus problemas y la llevase a un mundo de fantasía, ahora entendía que no debía escapar de sus problemas, pues la había convertido en la chica fuerte que su madre hubiera deseado, la única capaz de lograr que su padre volviera a sonreír. Pero sabía que no podría lograrlo sola: necesitaba un amigo que la apoyase.

El muchacho le ayudó a descubrir cosas dentro de ella que nunca había imaginado. Y le ofereció ideas para que su padre volviera a ser feliz.

 
 
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