XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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El amigo de la iglesia
Nuria Torrubiano, 14 años
Colegio La Vall

Cada día lo veía tirado en la puerta de la iglesia. Carlota, agarrada de la mano de su madre, con su pequeña mochila sobre los hombros y ansiando coger ese alargado coche subterráneo al que llamaban «ferrocarril», no podía evitar pararse a mirarlo. Tumbado, con unos harapos como vestimenta y la mirada ajena a todo lo que ocurría, un hombre de mediana edad aguardaba la caridad de los feligreses. Sus gestos denotaban cansancio y sus ojos, tristeza.

Carlota lo observaba con fijeza, sin hacer caso de las riñas de su madre. ¿Qué le ocurría a ese hombre? ¿Por qué nadie le ayudaba a levantarse? ¿Qué hacía en el suelo? Si ella alguna vez se tiraba al suelo, enseguida la regañaban… <<Alguien debería hacer algo>>, se repetía.

No fue hasta su décimo segundo cumpleaños cuando tuvo la respuesta. Su regalo consistió en veinte monedas de euro para sus caprichos. «¡Una por día!», exclamó. Además, como complemento a ese presente, su madre, viendo a su hija ya crecida y queriéndole dar una sorpresa, consideró que ya era lo suficientemente mayor como para acercarse sola a la estación de ferrocarril. La alegría de Carlota se notaba a distancia.

A partir de ese momento, se desvió diariamente de su trayecto para darle al mendigo una moneda. Cuando él la veía acercarse cada mañana, una chispa de luz relucía en sus ojos. Poco a poco, comenzaron a hablar y a conocerse mutuamente. Ora Jorge, el mendigo, le contaba a Carlota sus problemas, dándole un toque humorístico a sus narraciones, ora Carlota parloteaba sobre sus amigas y el colegio. Su tema favorito era la lectura. Ambos amaban leer. Incluso algunos días leían juntos, uno en voz alta y la otra escuchando.

Pasaron los años y Carlota seguía creciendo. A su vez, a Jorge se le veía más animado, como si una luz hubiese roto su oscuridad. Ya no estaba tan solo.

Un día de mediados de marzo, Jorge desapareció como por ensalmo. Todos los esfuerzos que hizo Carlota por encontrarlo fueron en vano. Desde ese momento, Jorge pasó a ser un recuerdo en su memoria, cada vez más confuso y borroso.

Al cumplir los dieciséis, Carlota demostró una gran habilidad para escribir, tanta que a los diecinueve ya le habían publicado su primera novela. Quiso emprender una novela original en la que expresara todos sus sentimientos. No paraba de darle vueltas: se dormía llena de ideas y se despertaba sin acordarse de ninguna. Hasta que una mañana, paseando cerca de la iglesia, la imagen de un mendigo de mandíbula cuadrada y ojos azules le golpeó con fuerza en la memoria. <<¡Jorge!...>>.

Tras un años de intenso trabajo —en el que apenas se levantaba de la silla unas pocas horas para comer y dormir—, Carlota acabó la novela, “El amigo de la iglesia”. Enseguida se la ofreció a unas cuantas editoriales. En una de ellas, le indicaron amablemente que se dirigiera al despacho del director, a quien encontró oculto tras la páginas de un periódico.

—Buenas tardes, soy la escritora de “El amigo de la iglesia”. Dejé el manuscrito hace unas semanas en la editorial. Me preguntaba si ha tenido usted tiempo de leérselo —habló Carlota, tratando de captar su atención.

—Sí —contestó, sin apartar la vista de su lectura.

Un silencio incómodo llenó la sala durante unos segundos, que a Carlota se le hicieron eternos.

—Y bien —Carlota estaba muy nerviosa—. ¿Cree usted que es posible que su editorial me lo publique?

—No —le cortó el director, tajante.

A Carlota le cayó el alma a los pies.

Tras esta decepcionante respuesta, el director descubrió su rostro tras el periódico. Era el hombre de mandíbula cuadrada y ojos azules. Guiñándole un ojo, le dijo:

—En esta novela está solo el principio. Necesitas un final…

 
 
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