XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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El legado del fraile
Pablo Bravo
Colegio Liceo del valle (Guadalajara, México)

El cielo estaba herido; no había parado de llover, señal de que había habido una tragedia. Cerca de las nueve de la mañana encontraron el cuerpo sin vida del fraile Jonás. Como la tormenta arreció, parecía que el cielo y el religioso fueran amigos.

Intentaron hacerle un bello funeral, pero fue imposible porque también había muerto el trovador y algunos de los caballeros que habrían tenido que escoltar el féretro de fray Jonás. Por si fuera poco, el gobernador de la ciudad había enfermado de peste.

Pedro Bartolomé San Juan se sentía la persona más desdichada del puerto. Había sobrevivido a cinco guerras, numerosas peleas de taberna, una condena en prisión y tres epidemias... Pero nada comparable a haber perdido a un amigo que había sido como un padre para él: Fray Jonás, con el que había compartido muchas penurias.

Pedro Bartolomé se reunió con las monjas que cuidaron del fraile durante su edad más avanzada. Fueron ellas quienes le hicieron entrega del único legado del religioso: un viejo cofre cerrado a cal y canto.

Una vez en su casa, Pedro dejó el arca sobre la mesa y, con ayuda de numerosas herramientas, forzó la cerradura. Por unas horas había soñado con hacerse rico con su contenido. ¡Vaya sorpresa se llevó cuando, en el interior del cofre, solo halló unos viejos pergaminos, libros y hojas con el relato de los años que Jonás pasó en el frente de batalla, impartiendo los santos sacramentos a los soldados caídos! En un pliego aparte, se sorprendió al leer ciertas teorías acerca de la forma de la Tierra. El fraile aseguraba que era redonda, junto a otras muchas invenciones.

Decepcionado, se dirigió a la taberna. Llevaba en el bolsillo un par de mapas que habían captado su atención. Un desconocido se sentó a su mesa. Pedro Bartolomé no tenía ánimos para una nueva pelea, así que decidió ignorarlo mientras se tomaba una jarra de vino.

Entre trago y trago abrió los mapas sobre el tablero. Fray Jonás los había traducido del griego original. Mientras los analizaba, iba cambiando su perspectiva acerca de la realidad. De hecho, terminó por convencerse de que aquella teoría sobre la redondez de la Tierra no era una locura. Incluso consideró en alta voz la eventualidad de navegar hasta rodear el planeta: partir de un puerto y, tras dar la vuelta a las aguas, atracar en la misma dársena.

El asombro y el alcohol le hicieron compartir con el extraño comensal toda la historia de su relación con el Fraile Jonás, así como el contenido del baúl que le había dejado en herencia. Aquel se le presentó como un almirante genovés, pero no pareció interesado ante aquellos argumentos acerca de la redondez del mundo.

—Compruébelo usted mismo —le sugirió Pedro, entregándole los pliegos.

Después de que analizara con detenimiento aquellos mapas, dijo:

—Le propongo un trato, señor Bartolomé. Estoy buscando dinero con el que financiar una nueva ruta para traer especias de la India a la Península. Si me acompaña, certificaremos que lo que dicen estas cartas de navegación es una suma de disparates.

—Lo peor que nos puede pasar es que muramos en altamar, en vez de aquí a causa de la peste. Pero… ¿Por qué debo confiar en usted? Nunca antes me he subido a un barco.

—Le doy mi palabra de que junto a mí viajará seguro.

—¿Cómo se llama?

—Cristóbal Colón.

Tres meses después, Pedro Bartolomé San Juan murió abandonado por el almirante Colón en una isla del Caribe. Como único legado, dejó una nota en una botella que comenzaba de esta manera: «El cielo estaba herido…».

 
 
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