XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Juan Peña
Raquel Ponte, 16 años
Colegio Senara (Madrid)

Hay pocas personas a las que recuerde tan bien como a Juan Peña, un chico menudo de rodillas temblorosas, manos inquietas y pelo revuelto. Se pasaba los patios escondido en la biblioteca de los mayores (la nuestra ya se la había leído entera) y solo abría la boca para contestar a las preguntas que le hacían los profesores.

Al volver del colegio, Juan bajaba rápidamente del autobús y corría hasta desaparecer por la puerta de su casa, con la mochila bailando sobre su espalda y las piernas haciendo recorridos innecesarios por la acera. Aquella actuación solía producir risas y burlas dentro del autobús, que se repetían al día siguiente con el chico delante.

Un día faltó a clase. Era la primera vez. Supusimos que había caído enfermo, pero nadie se molestó en informarse. Pasó una semana y Juan seguía sin dejarse ver. Sabíamos que continuaba en la ciudad, pues por la noche las ventanas de su casa se iluminaban.

Tuvieron que pasar quince días antes de que volviésemos a ver a Juan Peña.

La mañana que regresó al colegio, su madre le acercó en coche. El chico salió cabizbajo del vehículo y, directamente, cruzó el patio en dirección a la biblioteca de los mayores. Divisé a un grupo de cinco alumnos de último curso en los que no me había fijado hasta aquel momento. Aunque eran muy dispares entre sí, los cinco permanecían quietos, mirando a la nada y compartiendo unas pocas palabras. Entonces, mientras los observaba, la voz del director salió por los megáfonos:

—Atención, estudiantes. Esta tarde, a las siete y media, se celebrará en el polideportivo un discurso homenaje en memoria de Teresa Peña. Agradeceremos su asistencia.

El patio se quedo de pronto en silencio, a excepción de el llanto ahogado de tres de aquellos cinco muchachos. Me di cuenta de que los otros dos lloraban para sus adentros.

El director acababa de anunciar que iba a impartirse un discurso homenaje en memoria de alguien, una tal Teresa. A mí no me sonaba que en el colegio hubiera ninguna Teresa. Pensé que se trataría de una alumna mayor, probablemente amiga de aquellos cinco personajes.

De pronto, mientras volvía la algarabía al patio, una figura salió de las sombras. Sus pisadas acallaron los murmullos y las miradas de todos los alumnos convergieron en aquel personaje que, de pronto, nos devolvió una mirada perdida y cristalina a la vez.

¡Peña!... El director había dicho Peña… Teresa Peña… ¡La hermana de Juan Peña! Nunca había hablado con ella, ni siquiera sabía su edad, pero su llamativo pelo rojo hacía muy difícil que pasara desapercibida. Teresa Peña era la sonriente reportera del periódico del colegio.

Aquella tarde, al bajar del autobús, Juan Peña no echó a correr sino que se acercó a la puerta de su casa con una lentitud insólita, como si temiese lo que le esperaba dentro.

Semanas más tarde, nos enteramos de que Teresa Peña había muerto de leucemia y que su hermano, Juan, había estado corriendo durante dos años a la puerta de su casa para asegurarse de que su hermana no había fallecido en su ausencia.

Nunca volvimos a ver a Juan Peña correr.

 
 
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