XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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La chica del banco
Rocío Iranzo, 14 años
Colegio Tierrallana (Huelva)

Lilha había perdido la cuenta del tiempo que llevaba sentada en ese banco. ¿Días, meses, años, siglos, desde que un hombre la condenó? Aquel hombre la había castigado a permanecer en aquel maldito banco, invisible a cualquier persona que la pudiera salvar. Por eso veía a la gente ir y venir, pero nunca se fijaban en ella. ¡Maldito Zeus!...

Con el paso del tiempo su aspecto había cambiado. Antes solía llevar una toga y un bonito peinado. Ahora vestía unos pantalones vaqueros, una camiseta blanca de manga corta y una sudadera. Llevaba el pelo suelto, y la melena le caía en tirabuzones por la espalda. Pero a pesar de su atractivo, nadie se fijaba en ella.

Estaba acostumbrada a ver a la gente feliz, caminando en familia o con amigos. También veía personas tristes, claro; casi siempre iban solas y paseaban sin rumbo fijo. Hubiese querido cambiarse por cualquiera de esas personas, tener una vida normal, no seguir encarcelada en un banco. Pero sabía que aquello nunca pasaría.

Se preguntaba por su familia. ¿Qué habría había sido de ella? Sus pensamientos más optimistas le decían: «Te buscaron hasta que te dieron por muerta. Después te hicieron un funeral precioso». Su parte más oscura le decía: «Te dieron por muerta desde el principio. No les importabas, muchacha». Lo curioso es que con el paso del tiempo pensó que tenía razón su lado oscuro, pues nunca les había visto pasar por delante de ella. Seguro que ni siquiera sabían el motivo por el que estaba en aquel banco. Ni ella misma se acordaba… Había pasado mucho tiempo. Por eso apenas recordaba que su familia había elegido adorar al dios equivocado. Pero tampoco recordaba a qué dios adoraba su familia. Solo creía saber que su nombre se confundía con el de otro dios.

Un día se sorprendió porque, entre los paseantes, le pareció que un muchacho era capaz de verla. De hecho, se sentó en el banco y le miró a los ojos antes de decirle:

—Oye, ¿te encuentras bien? —su voz sonó algo grave—. Hace días que te veo sentada en este banco.

—¿Me puedes ver?

—Claro… —el chico la miró extrañado—. ¿Eres una de esas personas que se siente sola, marginada por la sociedad? Si es así, te entiendo. Puede que este sea un pueblo pequeño, pero aun así la gente no se detiene a mirar a quién tiene a su lado.

Lilah pensó que se había sentido tan sola y marginada que no le deseaba a nadie su situación. Había personas a las que les gustaba sentirse solas, pero si hubieran pasado por lo mismo que ella, no volverían a desear la soledad.

—¿Quién eres? —Lilah se dio cuenta de la brusquedad de su tono.

—Me llamo Alejandro López y vivo en esa casa, allí, ¿la ves?... —señaló un portal a unos cuantos metros de donde se encontraban, justo donde arrancaba una curva bastante pronunciada—. Tengo quince años. Yeso es todo —concluyó—. ¿Y tú, quién eres?

—Me llamo Lilah. Eso es todo.

—¿No me vas a decir tu edad? ¿Ni dónde vives?

—No sé la respuesta a esas preguntas. Lo que si puedo decirte es que llevo aquí desde que adorábamos a Zeus.

—Eso es imposible… —Alejandro la miró perplejo—. ¡Estamos en 2017!

—Es posible, créeme. Lo que es imposible es que esté hablando con alguien.

—¿Llevas tres milenios sin hablar con nadie? —se rio.

Siguieron su conversación durante varias horas. Cuando comenzó a hacerse de noche, Alejandro le preguntó a Lilah si quería acompañarle. Para su desdicha, le dijo que no podía. Su destino era quedarse en ese banco para siempre.

—Adiós, Lilah… ¿Nos volveremos a ver?

—Adiós, Alejandro.

Alejandro se levantó del banco, que desapareció al instante, como si fuera una nube, un golpe de humo. Aun así, no se olvidó de Lilah porque todos los días acudía al lugar donde estuvo el banco, con la esperanza de que volviera a aparecer. Hasta que un día, por mediación de la chiquilla, Alejandro desapareció.

 
 
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